Nací allá por 1982 en Seronia porque les venía bien a mis padres. Total, coincidíamos en el espacio-tiempo y, ya se sabe, a menudo se necesitan excusas para salir a pasear en primavera. En ese sentido, mi llegada al mundo fue más que agradecida: amén de combatir la inoportuna astenia primaveral, un servidor promovía el debate entre quienes defendían mi parecido con mi padre y los que sostenían que un pimiento, que había salido a mi madre. He de confesar que dicho debate permanece abierto a día de hoy y aún no ha sido zanjado.
Añado, además, que en mi alumbramiento hubo mayor tongo que en las elecciones de Kazajistán. En vez de ser inscrito automáticamente como calabazón (práctica común en la época, dado que el hospital comarcal se halla entre ambas ciudades), mi previsora madre movió hilos para que constara como nacido ancá mis agüelos. Lo casero es mejor, supuestamente.
Pasé el resto de la década de las hombreras sin bautizar y casi como un culo de mal asiento. Entre 1983 y 1986 viví -sin abandonar el nido paterno- en Rociana del Condado, provincia de Huelva, sí, junto a ese pueblo cuyo nombre tanta gracia hace, el de Bollullos Par. Allí dejé de ser hijo único, casualmente al tiempo que nació mi hermano. A la vez, solté la lengua y me convertí en un zagalico seseante muy capaz de desquiciar a mi abuela cuando me escuchaba.
Lo del seseo se me quitó al retornar a Extremadura. Durante el curso 1986-1987 tuve mi primer contacto con el colegio en Ruecas, pedanía de Calabazonia con una fama regulera. De aquel típico enclave del Plan Badajoz regresamos a Seronia, donde continuó mi etapa escolar (en las aulas del Santiago y del Cervantes), mi crecimiento dental y mi pánico a los payasos.
Como todo niño del siglo XX tuve actividades extraescolares; en mi caso, baloncesto, inglés y tenis. El baloncesto me acompañó ocho años, el inglés me abrió puertas y fronteras -cinco campamentos, Inglaterra, Suecia, Irlanda- y el tenis lo aparqué por aburrirme como un centollo en un congreso de trigonometría axial.
En ésas llegué al Pedro, mi instituto desde 1996 hasta 2000. La egebé se tornó en secundaria y un bachillerato de Letras, hice mucho el idiota y en ello sigo, me inicié en la aventura de escribir calamidades (es un consuelo, peor sería endrogarme) y descubrí esto de Internet. Y como me dio por la mayoría de edad pensé que sería gran idea aprovecharla en Salamanca.
Bueno, no. A mí Salamanca siempre me había tirado mucho, así que allí me marché para hacer Historia (la licenciatura, no la gloria inmarcesible). Entre 2000 y 2004 ocurrieron muchas cosas que no pienso resumir, pero otras sí: residencia, excavación, noches, viajes, dos novias, adicción a los Ositos de chocolate y ampliación de la colección de amigos-para-siempre-güil-yul-olgüeis-bi-mai-frén. Todo lo cual culminó, como no podía ser de otra forma, con un título universitario y el óbito de unas cuantas neuronas.
Por asuntos que no vienen al caso ahora -ni dentro de seis segundos- acabé dando con mi osamenta en Oviedo para comenzar el doctorado en Historia Medieval y cursar el CAP. Para esas fechas ya había fundado aqueste blog y, quizás por ello y quizás no en absoluto, convencí a L. de que, al menos en las hondas profundidades de los precipicios abisales, aguantarme iba a ser plato de buen gusto. Y juntitos estamos desde entonces, ella ganándose el cielo y yo ganándome galletas Friskies si me porto bien.
Volví grupas (en sentido figurado) a Charrilandia en 2005, me convertí en cosmogónico y proseguí con el doctorado. Los primeros frutos los recogí con la defensa y publicación de la tesina allá por 2008, si bien ese año será más recordado en el orbe entero por obtener España su segunda Eurocopa y por el cuarto advenimiento de Tamámbar.
En la actualidad sobrevivo como soldado de fortuna y, en mis ratos libres, preparo la tesis doctoral cuando mi cafeinomanía me lo permite. Otrosí, continúo siendo extremeñísimo, de izquierdas, ateo, fréac mei generis, madridista y vaca psicológica.



