26 de enero de 2012
Te cabreas, pero sabes que no va a ningún sitio. Así que respiras, te calmas, bebes algo de agua e intentas sacar algo en claro. Porque tiene una explicación, seguro, es cuestión de encontrarla.
Así que piensas. Tiras de un hilo o de otro. Trazas antecedentes, motivos, causas y consecuencias y llega un momento en el que las piezas, a la fuerza o no, te encajan. Mejor o peor, pero te encajan. Y descubres, entre resignado y horrorizado, que se veía venir.
Entiendes que nadas a contracorriente. Que voceas y braceas en un mar de sinsentido. Te preguntas, de hecho, si el sinsentido será el tuyo y no el de quienes te rodean. Que tal vez la cantidad se antepone a la calidad a la hora de repartir razón en un principio social con el que buscas congraciarte después de tanta afrenta.
Porque sí, porque puedes haber vivido en una mentira. Porque esa claridad que presuponías quizás no sea más que un filtro macabro. Porque es probable -qué menos- que haya velos que se desprendan y nos dejen a merced de luces deslumbrantes cuya procedencia apenas intuimos, pero que damos por válidas sin cuestionarlas siquiera, verdades preestablecidas.
Entonces comprendes que la indignación, la rabia y la desesperación no son armas que combatan la desfachatez o la hipocresía. Es más, acabas siendo consciente de que una verdad, furiosa o no, puede desfallecer ante una falsedad insostenible, pero masiva. Despiertas. Creces.
Esa falsedad insostenible, masiva, vestida de fiesta y de fasto, es el argumento definitivo e irrefutable. La prueba, además, de que una mentira mil veces repetida no muda en verdad, pero sí en una creencia que arraiga y se tolera. Y tragas por no ser menos que nadie.
Ayer fue Valencia. Ayer fue Camps. Hoy, quizás, sea Matas. Mañana, puede que pasado, José Blanco. O el resto de la trama Gürtel. Todos escaparán amparándose en sonrisas, contactos y palmaditas en la espalda. La cara de gilipollas, las deudas y los sacrificios, sin embargo, serán nuestro único patrimonio.
Queda la libertad. Y queda la democracia. Porque quieres -y quiero- creer en ambas. Pero luego observas al electorado y te dejas de sorprender. El electorado no soy yo, ni eres tú, ni tu círculo más íntimo con el que has elegido convivir. Somos un pedacito ínfimo. No somos representativos. No pintamos nada. Asumámoslo.
El electorado son millones. Buena parte se conforma con una calle aseada, con dinero fácil sin preocuparse por su procedencia o su destino, con una verbena donde pavonearse ante sus congéneres. No hay largo plazo, ni siquiera medio. Sólo corto, unos agujeros que ir tapando.
Lo hemos permitido. Todos, tú y yo también. No es que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero sí hemos comulgado con ruedas de molino e institucionalizado la chapuza como un modo de vida escudándonos en la mediocridad.
Hemos perpetuado algo tan indigno como el trabajo en negro, cuando nada nos reportaba a cambio.
Se ha votado a paletos para gobernarnos, cuando jamás aceptaríamos un médico sin preparación.
Nos ha faltado no ya calidad democrática, sino social. Y nos falta educación en ambos casos.
Llevamos años en una crisis económica mundial, pero más aún en una crisis de valores nacional.
Sí, nos hemos ganado un "disfruten lo votado" en toda regla. Deberíamos tatuárnoslo en la frente y contemplarlo cada mañana, repetirlo cual mantra para asimilar lo ya vivido y lo que se nos viene encima. Lo olvidaríamos: o somos imbéciles o tenemos Alzheimer sociopolítico.
Quejémonos. Pataleemos. Asco de políticos, que nos usan a su antojo y nos distraen meándonos para que no les linchemos. Pero también asco de nosotros, por habérselo tolerado y aplaudido. Todo lo que nos pase es poco y merecido, quizás sin opciones ya para evitarlo.
Legión de mudos
Te cabreas, pero sabes que no va a ningún sitio. Así que respiras, te calmas, bebes algo de agua e intentas sacar algo en claro. Porque tiene una explicación, seguro, es cuestión de encontrarla.
Así que piensas. Tiras de un hilo o de otro. Trazas antecedentes, motivos, causas y consecuencias y llega un momento en el que las piezas, a la fuerza o no, te encajan. Mejor o peor, pero te encajan. Y descubres, entre resignado y horrorizado, que se veía venir.
Entiendes que nadas a contracorriente. Que voceas y braceas en un mar de sinsentido. Te preguntas, de hecho, si el sinsentido será el tuyo y no el de quienes te rodean. Que tal vez la cantidad se antepone a la calidad a la hora de repartir razón en un principio social con el que buscas congraciarte después de tanta afrenta.
Porque sí, porque puedes haber vivido en una mentira. Porque esa claridad que presuponías quizás no sea más que un filtro macabro. Porque es probable -qué menos- que haya velos que se desprendan y nos dejen a merced de luces deslumbrantes cuya procedencia apenas intuimos, pero que damos por válidas sin cuestionarlas siquiera, verdades preestablecidas.
Entonces comprendes que la indignación, la rabia y la desesperación no son armas que combatan la desfachatez o la hipocresía. Es más, acabas siendo consciente de que una verdad, furiosa o no, puede desfallecer ante una falsedad insostenible, pero masiva. Despiertas. Creces.
Esa falsedad insostenible, masiva, vestida de fiesta y de fasto, es el argumento definitivo e irrefutable. La prueba, además, de que una mentira mil veces repetida no muda en verdad, pero sí en una creencia que arraiga y se tolera. Y tragas por no ser menos que nadie.
Ayer fue Valencia. Ayer fue Camps. Hoy, quizás, sea Matas. Mañana, puede que pasado, José Blanco. O el resto de la trama Gürtel. Todos escaparán amparándose en sonrisas, contactos y palmaditas en la espalda. La cara de gilipollas, las deudas y los sacrificios, sin embargo, serán nuestro único patrimonio.
Queda la libertad. Y queda la democracia. Porque quieres -y quiero- creer en ambas. Pero luego observas al electorado y te dejas de sorprender. El electorado no soy yo, ni eres tú, ni tu círculo más íntimo con el que has elegido convivir. Somos un pedacito ínfimo. No somos representativos. No pintamos nada. Asumámoslo.
El electorado son millones. Buena parte se conforma con una calle aseada, con dinero fácil sin preocuparse por su procedencia o su destino, con una verbena donde pavonearse ante sus congéneres. No hay largo plazo, ni siquiera medio. Sólo corto, unos agujeros que ir tapando.
Lo hemos permitido. Todos, tú y yo también. No es que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero sí hemos comulgado con ruedas de molino e institucionalizado la chapuza como un modo de vida escudándonos en la mediocridad.
Hemos perpetuado algo tan indigno como el trabajo en negro, cuando nada nos reportaba a cambio.
Se ha votado a paletos para gobernarnos, cuando jamás aceptaríamos un médico sin preparación.
Nos ha faltado no ya calidad democrática, sino social. Y nos falta educación en ambos casos.
Llevamos años en una crisis económica mundial, pero más aún en una crisis de valores nacional.
Sí, nos hemos ganado un "disfruten lo votado" en toda regla. Deberíamos tatuárnoslo en la frente y contemplarlo cada mañana, repetirlo cual mantra para asimilar lo ya vivido y lo que se nos viene encima. Lo olvidaríamos: o somos imbéciles o tenemos Alzheimer sociopolítico.
Quejémonos. Pataleemos. Asco de políticos, que nos usan a su antojo y nos distraen meándonos para que no les linchemos. Pero también asco de nosotros, por habérselo tolerado y aplaudido. Todo lo que nos pase es poco y merecido, quizás sin opciones ya para evitarlo.




5 respuestas (¡y eso que son gratis!):
*carraspeo, carraspeo* La la la la la. (caliento la voz y...)
NA NA NA PAAAAAAAAAALM, NA NA NA PAAAAAAAAALM. (grave) Na na na palm (agudo) ¡na na na palm! (grave) na na na palm (agudo)¡Na na na palm (de medio a grave y la última aguda) Na na na Palm NA PAAAALM.
NA NA NA PAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAALM
Ríete, pero el recurso del napalm era la solución que cierto profesor de mi facultad proponía para los Balcanes (más concretamente, para la casa de putas que es la antigua Yugoslavia).
Joder, Yugoslavia. Con lo que mola el nombre y se pulen el país...
¡Chapeau!
Muchas veces pienso que no buscamos soluciones, sino algo de lo que quejarnos.
Joer, no sé qué pasaba ayer que no me dejaba comentar. Bueno, lo que yo quería decir es que:
Estoy con Folken: Napalm purificador. Y, por supuesto:
http://www.youtube.com/watch?v=TFtt3Tgw8VY
Maldito Friki, siempre querremos quejarnos. Es parte consustancial del espíritu ibérico. Otra cosa es poner remedio, que parece que ya nos cuesta más.
Pcbcarp, parece ser que hay problemas para comentar. Buscaré la forma de arreglarlo. Hasta entonces, napalm e hijoputismo por doquier.
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