Suecia, nudo (y desenlace)

Hace casi dos meses publiqué el artículo "Suecia, una introducción". Y lo terminé con las palabras que titulan estos párrafos que, como todos habréis descubierto, se han hecho de rogar. Entre medias he escrito alguna cosilla, tanto aquí como en otros lares (Aquí fue Troya o unadocenade), y se me han acumulado o acumularán los temas -¿saben ustedes que hemos ido a Cracovia?, ¿saben que pastoreo seres venidos de allende nuestras fronteras?, ¿saben que el domingo hay unas elecciones?-, de ahí que quiera subsanar el fallo y que Algún día no se convierta en Algún mes de éstos si me acuerdo y tal.
Aclarado o no todo lo anterior, les dejo con la segunda parte de nuestras andanzas suecas. Para hacerlo todo más comprensible he dividido el nudo en "Alrededor del Gullmarsfjorden" y en "Lo que no está alrededor del Gullmarsfjorden", que como comprobarán son dos álbumes de fotos. Yo soy así y así seguiré con el autobombo.

Alrededor del Gullmarsfjorden:
Por si nadie se acuerda, mi hermano andaba a orillas del Gullmarsfjorden, el único fiordo sueco. Allí nos desplazamos desde Oslo a lomos de un Volkswagen Passat... ranchera. Porque Escandinavia es el paraíso de las rancheras, ese horror motorizado, el peaje a pagar por el Estado del bienestar, el diseño nórdico y el colmo de la civilización.
Los días 20 y 21 de agosto los dedicamos a Lysekil y a la vecina isla de Skaftö, donde se hallan Fiskebäckskil, Kristineberg y Grundsund (mentira, Grundsund está entre Skaftö y Ösö, pero no os pararéis a comprobarlo). Lysekil es una especie de Santander a lo sueco: no por tamaño -menos de 8.000 lysekileños-, sino por el concepto "ciudad coqueta y aseadita que se puso de moda porque la burguesía decimonónica iba allí a tomar los baños"; esto es, Lysekil no es nada del otro mundo, pero resulta agradable pasear por el Gamlestan ("ciudad antigua") o por el Havsbadsparken, el área que reunía la vida social de dicha burguesía.
La islita de Skaftö, por su parte, es un lugar de lo más bucólico. Todo ideal de la muerte, sobre todo en Fiskebäckskil, con sus casitas de veraneo, sus jardincicos, sus rincones de ensueño, sus casetillas de pescadores sobre el agua, sus barcos veleros, sus pendones y banderas de Suecia omnipresentes que te dicen si puedes o no entrar a robar... Grundsund no resiste la comparación, claro, pero también resulta agradable. Y Kristineberg es a) donde vive mi hermano y b) el lugar donde probé por vez primera la sauna y me remojé algo en el Skagerrak. Algo es algo.
Pese a alejarnos del Gullmarsfjorden unos días, hollamos de nuevo sus pagos el 25 de agosto para visitar las ruinas de la abadía de Dragsmark, las iglesias de Bokenäs -la gamla, la gamla es la que vale-, los grabados en piedra de Backa y el turístico (en temporada alta, claro, no cuando fuimos nosotros) pueblecito costero de Smögen. Y siempre regresando a casa, que nos aguardaban barbacoas, cervezas muy bajas en alcohol, patatas enanas asadas, queso de plastiquete o esa mezcla de mantequilla y margarina llamado Bregott.

Lo que no está alrededor del Gullmarsfjorden:
Como ya comenté, tanto mi hermano como yo ya habíamos estado en Suecia. En mi caso, en 1999, cuando mi instituto inauguró los intercambios con el Katedralskolan de Skara, un instituto, una ciudad y unos habitantes encantadores que nos acogieron con los brazos abiertos. Era obligatorio volver, más aún cuando Ulla -una de las profesoras del intercambio, que había mantenido el contacto con mi hermano y mi madre- insistió en que nos quedásemos en su granja.
[Sí, granja. Porque una casa no tiene gallinero, graneros, casita de invitados o acceso a un lago con embarcadero propio. A eso me refería].
Nos plantamos el 22 de agosto en una Skara que se conservaba como siempre. O como yo la recordaba. E hicimos una ruta lógica en 1999: instituto (invitados por Kerstin, la otra profesora del intercambio), Stadshotell, catedral y aledaños hasta llegar al parque de Fornbyn, yéndonos más tarde a la abadía -y ruinas monásticas, y panteón real- de Varnhem donde ejecutamos el simpa más absurdo, involuntario, patético y políglota que recogerán las crónicas.
Esa noche cenamos y dormimos ancá los Jacobsson, más majos que las coronas, y al día siguiente nos marchamos hacia el lago Hornborga, la ciudad de Lidköping (ambos parte también de mi ruta del 99), el idílico castillo de Läckö -que como su nombre indica se pronuncia igual que el "t0o lok0h" de los canis- y la típica aldeíta de pescadores de Spiken, junto al lago Vänern. Todo en el mismo día y sumándole tres horas de coche para retornar a Lysekil.
El 24, como buenos serones, celebramos San Bartolomé yéndonos a Göteborg. Vale, en Göteborg ni hay concurso de sandías ni melones, ni te puedes comer un pincho moruno en la calle San Francisco y ni
siquiera es tan espectacular como Estocolmo, pero tiene un pase, vaya. Que si el barrio de Haga, que si los canales, que si el casco histórico, que si un etcétera loando su urbanismo y urbanidad para que se hagan una idea vuesas mercedes.

Desenlace:
Nos comimos un Lysekil-Oslo, Oslo-Madrid y Madrid-Seronia en el mismo 26 de agosto. Una paliza que mereció tanto la pena como cualquier otro viaje a Suecia, uno de esos países ante los que es imposible no caer rendido a sus pies y a los de sus paisanos.
Es más, posiblemente ustedes ya se hayan enamorado de Suecia a estas alturas. Así que les confesaré que, salvo el asunto del alojamiento y el suministro alcohólico, Suecia no es tan cara como nos imaginamos: ocho coronas hacen un euro y por menos de cien coronas se come (y bien) con el dagens lunch, fusión de plato del día y buffet de ensalada y postre; para desayunos y cenas lo mejor es aprovisionarse en el ICA, el Mercadona sueco, que -¡Thor bendito!- no resulta tan abusivo como podría parecer.
[Y no se me angustien por el tema del idioma: hay muy pocos que no hablen inglés y, a fin de cuentas, el sueco es... es... miren, yo quiero pensar que el sueco está entre el inglés y el alemán y que, en sabiendo algo de evolución lingüística, el resto se saca solo. La culpa es del latín del instituto, yo ya me entiendo].
Así que váyanme a Suecia, perillanes. Váyanme a Suecia o la tendremos.

Actualización:
Por si acaso alguien se pregunta por el asunto del simpa, sepan ustedes que en los comentarios he desvelado toda la trama del asunto. Ya sólo queda esperar a que prescriba, pero mientras tanto no me delaten. Gracias.

5 respuestas (¡y eso que son gratis!):

L. dijo...

Mu gonico y muy bucólico todo, se lo digo yo. Y todo es tan civilizado que parece que estás en otro planeta... mejor.

Fer dijo...

Yo ya lo dejo caer: vámonos a Suecia. Pero ya, por lo más sagrado del Bregott.

Alicia Liddell dijo...

Ya, pero se ha dejado en el tintero lo más interesante: el simpa. Ale, a contarlo.

Fer dijo...

Bueeeno, aprovecho que es jornada electoral para reclamar el derecho a la amnistía y confesar mi falta (porque a delito no llega, seguro).

1.-
Varnhem mola. Eso lo descubrí en 1999, cuando no estaba tan al tanto de qué era. Pero preparando el viaje veraniego supe que contenía el panteón real de varios reyes suecos medievales (vid fotos) y la tumba de Birger Jarl, fundador de Estocolmo y precursor de Chiquito.

2.-
Llegamos a Varnhem y nos dirigimos a la caseta que servía de oficina de información y taquilla. Allí saludé a una señora de 45-50 años con un "hej!" ("¡hola!"), de lo poco que sé decir fluidamente en sueco.
"Hej!", respondió. Y continuó en sueco alegremente. Le comenté en inglés que no hablaba sueco y que si ella sabía inglés. Me dijo que más o menos, y si un sueco dice que "más o menos" habla inglés, el 99% de las veces es que lo habla y bien.
La señora entraba en el 1% que de inglés ni papa. Le pedí cinco entradas, unas 175 coronas. Le doy la MasterCard y pagué.
O eso pensaba. Pero la maquinita dio error y la señora me suelta que leche en plancha. Cambio de tarjeta y le doy la VISA.

3.-
Cuando toca meter el PIN recibo un sms de la Caja Extremadura (todavía lo guardo):
"Caja Extremadura 22/08/2011 16:32:09 Se ha cargado en su tarjeta [últimos números] 22,08 € por su compra en Skara Kyrkliga Samfe".
Cancelo la operación con la VISA sin poner el PIN. Y comienza el cachondeo.
La señora saca el recibo de la VISA y me dice que da error. Le cuento (en inglés) que lo he cancelado yo porque tengo un sms que afirma que el primer pago estaba bien. Y ella que no, que el primer pago también daba error.
Le enseño el sms y le explico, en inglés, qué significa cada parte. Me mira con cara de besugo. No entiende, dice. Le explico el sms en mi sueco patatero: "min sparbank, dag, tid, min kort, pris, åtta kronor, en euro".
La señora me vuelve a mirar besúguicamente. Mi hermano, que sí sabe algo de sueco, se acerca e intenta explicárselo.

4.-
Le pedimos a la señora que llame a algún compañero que hable mejor inglés. Llama y entre tanto blablabla cantarín dice "Italienska", corregido por mi hermano y servidor al momento con un "nej, Spanska!": una cosa es que nos tomen por chorizos y otra que lo hagan por italianos.
Mientras esperamos a alguien que se defienda con el inglés mi hermano va a buscar a otro buen samaritano. Y mis padres (que no hablan inglés, pero sí castellano y un extremeño precioso) y L. (que sí habla inglés, pero que andaba al margen) alucinan.

(Continuará en el próximo comentario).

Fer dijo...

(Viene del comentario anterior).


5.-
Aparece una señora de unos 65 años. Algo de inglés si que habla, pero no para tirar cohetes. Le pregunta a su compañera que qué pasa. Se lo cuenta. Y yo vuelvo al ritual: explico qué ha pasado con las tarjetas, el sms y por qué cancelé la VISA; por si acaso, repito el análisis detallado del sms, en inglés y en sueco campestre.
Las señoras se miran entre ellas. Hablan de las tarjetas. Me piden que pague en efectivo. Contesto que efectivo no tengo (no sacamos nada del cajero en todo el viaje) y que según mi banco ya he pagado. Ellas entienden sólo lo primero y me formulan -todo muy amablemente- la gran pregunta: "¿por qué no pasas de nuevo la tarjeta?".
Y yo que no, que ya está pagado, que no quiero pagarlo de nuevo -y arriesgarme a que lo vuelvan a tomar como no pagado- y que al menos en un país sin civilizar como España lo que diga un banco va a misa.

6.-
Regresa mi hermano con otra señora que sí habla inglés para hacer de traductora. Se repite todo mientras mis padres y L. continúan maravillados por el pifostio.
La señora de 65 años insiste en que aunque yo enseñe el sms a ellas les da error. Yo respondo y la señora que trajo mi hermano traduce al sueco, aunque en inglés ya lo habían entendido, quizás por el hartazgo de una conversación que lleva diez minutos en punto muerto.
Muy correctamente y con la mejor de nuestras sonrisas, mi hermano y yo aclaramos que no queremos colarnos, sino que ya hemos pagado. Que el sms es un certificado de pago en España (verdadero no sé, pero sí es verosímil: vamos, que nos lo inventamos). Y que lo mismo es un error del banco sueco.
Y el milagro se obró. O eso o pensaron que éramos unos cabezones. Pero la señora de 65 pareció creernos y, pese a que la otra se quejó un poco, nos dijo que la siguiésemos.

7.-
De camino a la abadía le di todas las gracias posibles a la señora, loando las venturas del lugar y de cómo ansiaba volver desde aquel lejano 1999. A ella le gustó mi ilusión y me preguntó por el citado 1999. Yo le di los detalles del intercambio (hasta la familia, los Ullberg de Vinköl) y ella me dijo que tenía un nieto en el Katedralskolan, así que le vendí que el nene le estudiara español para ir a visitarnos. Risas y tal.
Dentro de la abadía me volví a interesar por cosillas obvias para ganármela otra vez. Le pregunté por Birger Jarl y su tumba: ella me contó su vida y milagros y cómo lo desenterraron para pruebas del ADN y etcétera.
Mientras tanto, mis padres, mi hermano y L. visitaban la abadía como si nada. Yo no me uní a ellos hasta cinco minutos después, pero aún así quisimos hacerle gasto a la señora comprándole postales y algún marcapáginas para mi colección. Eso sí, pagamos en efectivo, por si acaso.

Epílogo:
Al día siguiente pagué también con tarjeta en Läckö. La tarjeta no dio problemas y Caja Extremadura me mandó el sms de rigor confirmándolo. Pero tres días después la caja rechazó dos pagos con ambas tarjetas, diciendo que no estaban activadas en el extranjero.
Así que a la vuelta de Suecia comprobamos los movimientos bancarios. Y descubrimos que sí, que los 35 € de Läckö me los habían cobrado, pero que los 22 € de Varnhem no, por mucho que me hubiesen enviado el sms. Ergo no habíamos pagado. Ergo habíamos mentido. Ergo habíamos hecho el simpa más complejo de la Historia. Ergo se cagarían en todos nosotros.
Ergo deberíamos haberles dejado pensar que éramos italianos.

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