Yo debería retomar la escritura de nuestras andanzas por Suecia, o informar de mis correrías lidiando con la guiritud toda en Salamanca y otras urbes carpetovetónicas, pero hay algo que ni yo ni el resto de extremeños deberíamos pasar por alto: nos están arrancando la identidad.
Admitamos que Extremadura no es una región que interese mucho a los medios de comunicación. Más bien -y admitámoslo con más ahínco- importa una mierda en el conjunto nacional. Apenas aparece en las noticias y siempre se debe a hechos tan puntuales como a menudo luctuosos, los cuales contribuyen a reforzar esa imagen de la España profunda y cuasi tercermundista que los propios extremeños hemos de negar cuando otros nos vienen con el tópico. Ya se sabe: lo vomitado por Duran i Lleida sobre el PER, el asuntillo de los niños apadrinados y otras lindezas del tipo "¿hay casas de más de un piso en Extremadura?" que me espetó un mostoleño.
Frente a eso, pienso (o quiero pensar) que los extremeños hemos desarrollado un ligero sentimiento de pertenencia, de identidad regional. Porque sí, los extremeños podemos ser muy pesimistas y críticos con nosotros mismos, pero nos queda un resquicio de orgullo que nos impulsa a defendernos frente a los ataques ajenos. Somos algo más que ese territorio que separa Castilla de Andalucía o Portugal de La Mancha.
Quizás haga falta salir de la región -y yo llevo media vida fuera de ella- para apreciarlo, pero es justo reconocer el mérito de la Junta de Extremadura en su labor de fomentar la identidad propia desde su creación en 1983. Esto no quiere decir que antes no existiera tal identidad; de hecho, las asociaciones y publicaciones al respecto, tanto dentro como fuera de la región, proliferaron a lo largo de todo el siglo XX.
Sin embargo, la Junta dotó a Extremadura de unos símbolos y unas instituciones que comenzaron a calar en el imaginario social. No hablo ya de banderas o himnos, sino de cosas más mundanas y, por ende, más significativas. El verde alcantarino se asoció a la región y como tal apareció en documentos y carteles, fuesen éstos públicos o privados. El sufijo -ex se incorporó a cientos de empresas u organismos. La bellota, la jara o la cigüeña se convirtieron en elementos representativos de la tierra. Gracias a cosillas como las citadas aprendimos a valorarnos, cosa que no sucede en otras comunidades: en Castilla y León, donde vivo, cada cual es de su madre y de su padre, y un salmantino se siente más cercano a un portugués que a un soriano, por no hablar de los leonesistas, capaces de escribir soberanas soplapolleces sin despeinarse.
Siempre sostuve que el Partido Popular crujiría a Extremadura si llegase al poder. Que los herederos ideológicos (o no) de los terratenientes, de los señoritos de los cortijos, veían esta tierra como un latifundio que explotar y que como tal la manejarían. Y el Partido Popular venció las elecciones el 22 de mayo. E IU, con su marxista (?) abstención, permitió que gobernara. Y pasados los preceptivos cien días de cortesía sólo constan tres hechos: uno, que la Junta está paralizada, sin ninguna iniciativa política al margen de auténticas chorradas; dos, que Extremadura ha salido en las noticias gracias a la decisión de Monago de aunar su preocupación por el empleo y la familia mediante enchufes; y tres, que el Partido Popular, poco a poco y sin que muchos se percaten, está pretendiendo borrar la identidad regional extremeña.
A lo primero poco hay que añadir. Lo último es no presentar los presupuestos autonómicos, una gansada que se suma a la colocación de la cavernaria Beatriz Maesso al frente de la radiotelevisión pública -ojito, sin citar los enchufes-, a la asunción de que habrá recortes en sanidad y educación pese a apostarse un dedo el propio Monago, o a la "coronación" (ejem) presidencial en el Museo Nacional de Arte Romano.
Sobre lo segundo tampoco cabe comentar más, dado que los propios populares se están retratando: no basta la desfachatez de negar lo innegable, sino que el primísimo del chófer -a la sazón presidente de la asamblea regional- amenaza con denunciar a quien se cachondee del asunto, mientras que otro consejero monta un paripé que recuerda (perdonadme el símil) a un clan gitano representando Fuenteovejuna.
Sí me pararé en lo tercero, por haber pasado medianamente desapercibido. A mediados de verano la web de la Asamblea de Extremadura cambió su diseño, sustituyendo el verde corporativo -digámoslo así- por un azul pepero. Poco después, y pese a mantener el dominio asambleaex, el Partido Popular le despojó a este órgano de su denominación oficial para rebautizarlo como "Parlamento de Extremadura". A los pocos días, los populares lanzaron un mediocre perfil en Twitter; lo llamaron "Gobierno de Extremadura" (el propio Monago se intitula a menudo "Presidente del Gobierno de Extremadura"), pese a que el nombre oficial es el de Junta de Extremadura. Y todo ello pasando por encima de los términos establecidos en el Estatuto de Autonomía, el mismo estatuto que el Partido Popular apoyó sin fisuras, el mismo estatuto que ahora se está cepillando sin piedad.
Quizás parezcan minucias, tonterías. Pero hay que aclarar que es así como se socavan identidades y se anulan los sentimientos. Y todo del mismo modo que se desprestigia a la educación pública y a los profesores para meter el tijeretazo, del mismo modo que se critica al funcionariado para privatizar servicios públicos. La clásica estrategia de la derecha que a partir del 20 de noviembre tendrá vía libre para hacer de España lo que quiera.
Pero han empezado por Extremadura. Y nadie ha alzado la voz porque oye, somos extremeños, no importamos y ya es demasiado tarde para todo.
Actualización:
Según parece, en círculos internos de la propia Junta se reconoce que lo de "Gobierno de Extremadura" es una verdadera mamarrachada sin validez jurídica alguna. Sin embargo, hay populares emperrados en aniquilar todo rastro de la Junta amparándose en idioteces como "conseguir un concepto y una imagen más moderna y contundente, pero también más reconocible en el extranjero, ya que la traducción que se utiliza a nivel internacional es la de Government".
Pero ojo, que los populares mantienen los nombres de Xunta de Galicia o Juntas de Castilla-La Mancha y Castilla y León. Y todavía las llaman así, en vez de "Gobierno". Porque son unos catetos y no son reconocibles en el extranjero. Será eso, sí.




4 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Rezad a la virgen de Guadalupe para que sólo sean cuatro años, porque cómo cojan gustillo a la poltrona no hay Dios que los eche. En cualquier caso es vergonzoso: su palabrerío en campaña, la jugarreta de IU, los primeros pasos (si esto así recién llegados, qué no harán tras el 20-N) y sobre todo, la capacidad que tienen para mearte en la cara y decir que es cosa tuya, que te lo estás inventando todo, que ellos nunca harían algo así, que ellos son puras y virginales hermanitas de la Caridad. Asco de gente.
Bueno, anónimo, a la Virgen de Guadalupe poco podremos rezarle: primero, porque yo de creyente no tengo nada, y segundo, porque a este paso nos la privatiza la Cospedal (no es una errata, es que Guadalupe pertenece a la archidiócesis de Toledo).
Pero sí, han sido los típicos lobos con piel de cordero. La gente castigó al PSOE regional al interpretar las elecciones como un voto nacional (llamémoslo así, para entendernos) y luego IU remató la faena; de hecho, el número tres de IU en Badajoz ya se ha asegurado plaza como Director del Observatorio de Empleo. Viva y bravo.
Sin embargo, lo peor vendrá en mes y pico. Veremos cómo se capea el temporal, pero la patita que ha enseñado el PP en Madrid y en otras comunidades (Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana o Baleares) me hace temer lo peor.
Me voy a pedir la nacionalidad islandesa. Me preocupan los marranillos y que parcelen Monfragüe.
Se están perdiendo las esencias extremeñas. A este ritmo, las matanzas las harán empresas privatizadas...
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