Nota previa
Este artículo ya fue publicado en Aquí fue Troya con un éxito que servidor jamás hubiera esperado. Si lo cuelgo aquí lo hago, primero, para publicitar a los lectores de Algún día un proyecto paralelo e interesante, y segundo, porque el texto es mío y me han permitido reproducirlo. Gracias. De nada.
Dos apuntes más y os dejo con el artículo, que además es largo pero tirando a didáctico-jocoso. He optado por retocar lo mínimo el texto para despojarlo de las imágenes que lo acompañaban, que a cambio han sido insertadas en enlaces alusivos; lo hago para no pelearme con el HTML y el diseño blóguico, que bastantes problemas me dan ya. Si os apetece comentar, cosa que os agradezco como pocas, podéis hacerlo tanto aquí como en Aquí fue Troya, donde ya hay un debate formado al respecto. Como gustéis, gente.
LA CORONA... ¿DE DÓNDE?
Uno de los objetivos de Aquí fue Troya es la divulgación de la Historia dentro del contexto del dospuntocerismo. Adaptar a Clío a los nuevos tiempos, vestirla con ropa más actual y no con túnicas griegas, salvo que el emporio Inditex las vuelva a poner de moda. Y hablando de trapitos y dospuntocerismo, fue @bydiox quien nos lanzó un guante al hilo de un vídeo medianamente polémico que, como mandan los cánones, tuvo amplio calado en Menéame.
En el vídeo, que está justito aquí, el zaragozano Miguel Cortés expone su queja ante Elena Sánchez, defensora del espectador de RTVE, quien se la traslada a Esteve Crespo, editor del Telediario. La queja es sencilla: ¿por qué se le llama corona catalano-aragonesa y no Corona de Aragón?
Quizás en el vídeo parezca que se ha dado una respuesta satisfactoria, pero los historiadores somos muy puntillosos y puñeteros. O al revés. Así que intentaré aclarar el asunto de la mejor manera posible o, en su defecto, de forma entretenida, que lo mismo ni ustedes ni yo nos enteraremos de nada, pero al menos habremos echado el rato tan ricamente.
De entrada, ¿qué se entiende por “corona”? La RAE la define, para el caso que nos atañe, como “dignidad real” y “reino o monarquía” en sus acepciones decimocuarta y decimoquinta, respectivamente. Y es a partir de aquí donde arranca el inicio de la explicación.
El inicio de la explicación:
Miento. En realidad el inicio de todo esto se remonta a 1134, cuando el fallecimiento de un rey revolvió toda la Península, y a 1137, cuando tuvo lugar un enlace conyugal tan enrevesado como... miren, no encuentro una palabra que suavice el tan contemporáneo concepto subyacente de pederastia. Porque en 2011 es muy difícil comprender que un padre entregue a su hija de un año en santo matrimonio a un veinteañero. Pero la ecuación cuadra si cambiamos 2011 por 1137, padre por Ramiro II de Aragón, hija de un año por Petronila de Aragón y veinteañero por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.
A Ramiro II no le apetecía en absoluto ser rey. Fatiguita le daba. Que le asparan si así lo quería, feliz como era siendo obispo de Roda-Barbastro (curiosidad: Roda de Isábena, con una cincuentena de habitantes, es la sede catedralicia más pequeña del país). Pero a su hermano mayor, Alfonso I de Aragón y Pamplona, de quien podríamos estar hablando horas porque además de “el Batallador” era una buena pieza, le dio por morirse sin descendencia en 1134 y, peor aún, a nombrar como herederas de sus dominios a las órdenes militares del Hospital, del Temple y del Santo Sepulcro.
De inmediato, el nieto de El Cid, García V Ramírez el Restaurador -sin nada que ver con la hostelería, por otro lado- fue proclamado rey de Pamplona por nobleza y clero locales; por su parte, Alfonso VII de Castilla y León ocupó Zaragoza exigiendo vasallaje; mientras que el papa Inocencio II presionaba para que templarios, hospitalarios y caballeros del Santo Sepulcro recibieran su porción del pastel. La aristocracia aragonesa, atrapada entre esos frentes, reconoció como su monarca al citado Ramiro II.
Así pues, Ramiro II hubo de abandonar su obispado para subir al trono. Quiso mantener el celibato, pero los nobles no le permitieron apadrinar a García V de Pamplona y le obligaron a casarse de muy mala gana con la viuda Inés de Poitou o de Aquitania. Ambos tuvieron en 1136 una hija, Petronila, e Inés se volvió a Francia de inmediato, cual común vientre de alquiler.
Y si a estas alturas del artículo ustedes están maldiciéndome por haberlo escrito, imaginen qué no habría maldecido Ramiro II contra su hermano por morírsele y meterle en todo este embolado.
El meollo del artículo:
Ramiro II había cedido ya demasiado, o eso pensaría él. Sin embargo, con una heredera podría negociar con esa nobleza que tantos quebraderos de cabeza le había dado y retirarse para huir, al fin, del mundanal ruido. Pero para ello necesitaba encontrar un candidato idóneo a quien otorgarle la mano (y el reino) de su hija, cuestión nada sencilla dado lo renuentes que eran nuestros ancestros medievales a ser gobernados por una mujer.
Ciertamente, el joven y animoso Ramón Berenguer IV no era un mal partido. Su padre, Ramón Berenguer III, había fallecido en 1131 y dividió sus dominios entre sus hijos gemelos: Ramón Berenguer IV se quedó con el condado de Barcelona, mientras que Berenguer Ramón I fue nombrado conde de Provenza. Y si piensan que ya han tenido demasiados Ramones y Berengueres, recuerden que los abuelos de estos jovenzuelos también fueron gemelos, con los mismos nombres, y que uno ordenó matar al otro, lo cual demuestra que la onomástica condal barcelonesa era limitadísima y que los asesinatos son muy perjudiciales para la salud.
Maticemos, de paso, que ser conde de Barcelona no era lo mismo que ser conde de Peñaflor de Argamasilla, por poner un ejemplo. No, ser conde de Barcelona significaba liderar una confederación de más de diez condados, los llamados “condados catalanes”, cuyos orígenes se remontaban a la Marca Hispánica carolingia. Por tanto, Ramón Berenguer IV contaba con una fuerza más que respetable y, sobre todo, podría brindarle a Aragón el apoyo necesario frente al poderoso Alfonso VII de Castilla y León, quien desde 1135 se hacía llamar Imperator totius Hispaniae tras serle reconocido dicho título honorífico por el resto de fuerzas políticas peninsulares. Y ello, qué duda cabe, podría suponer una amenaza sobre la independencia aragonesa si Ramiro II -como anhelaba- dejaba a su recién nacida hija al mando del reino.
Así pues, entre agosto y noviembre de 1137 se redactaron las capitulaciones matrimoniales entre Ramón Berenguer IV y Petronila, cuyo enlace no tuvo lugar hasta 1150. No esperaría tanto Ramiro II: apenas hubo solucionado el futuro de su niña, salió por peteneras de la escena política para profesar en el monasterio oscense de San Pedro el Viejo. A ver quién se atreve a culparle por ello, habida cuenta de lo demencialmente complejo que resulta entender el acuerdo nupcial entre ambos tortolitos.
Digamos, para resumir mucho, que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II y que mediante la fórmula del “matrimonio en casa” Ramón Berenguer IV asumiría la potestad regia, pero no con el título de rey -título que mantendría Ramiro II-, sino con el de príncipe; de hecho, la reina sería siempre Petronila y sólo a ella le pertenecerían los derechos al trono y al territorio. Puntualizaciones jurídicas al margen, la consecuencia última y crucial de esta unión fue el nacimiento (de cinco hijos y) de la Corona de Aragón, entidad que logró poner coto a la superioridad que hasta entonces había ostentado el núcleo castellano-leonés, dándose en cambio un equilibrio entre ambos reinos. Y todo esto entra en el examen.
Parece que está fundando una corona. ¿Necesita ayuda?:
Para los rezagados: quede claro que Ramón Berenguer IV ni fue rey de Aragón, ni Aragón se subordinó al condado de Barcelona, ni que ambas entidades se fusionaron en igualdad de condiciones. No. Ya hemos visto que Ramón Berenguer IV le juró homenaje a Ramiro II; repito, en cursiva y todo, le juró homenaje. Ése es el quid de la cuestión, puesto que jurar homenaje implicaba acatar y reconocer la supremacía de un poder sobre otro. Por si ello no fuera suficiente, Ramón Berenguer IV también aceptó ser únicamente príncipe y dejar la dignidad regia al bebé que sería su señora, depositaria absoluta de los derechos asociados a la naciente corona aragonesa, cuyo primer rey fue el hijo de ambos, Alfonso II.
Habrá quienes sostengan que la Corona de Aragón supuso una fusión bajo similares condiciones jurídicas y políticas, amén de conservarse las instituciones propias de cada territorio. Que la Corona de Aragón era un ente democratiquísimo e igualitario. Pues sí y no eran tan especiales, oigan. Pues sí, porque no se eliminaron leyes ni ningún otro órgano de gobierno ni de justicia, mientras que Cataluña cobró vital y creciente relevancia dentro de la nueva corona. Pues no, porque en la España medieval no sólo había una jurisdicción, sino decenas de ellas, y no sólo se respetaban esas peculiaridades en la Corona de Aragón.
Esto es, la Corona de Aragón englobaba y englobaría diversos dominios -reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, condados catalanes y demás posesiones mediterráneas-, con sus particulares normas y órganos políticos, pero también lo haría la Corona de Castilla (conformada por numerosos reinos) desde 1230 hasta 1348, cuando el Ordenamiento de Alcalá impusiera el derecho monárquico sobre todas las tierras de realengo, exceptuando las tierras vascas. E insisto, tierras de realengo: órdenes militares y señoríos laicos mantendrían sus diferentes normativas siempre que aceptaran someterse a la corona, fuese ésta castellana o aragonesa.
Cómo no usar una corona:
Si me excedo en la explicación es debido a la necesidad de desmontar cierto andamiaje mitológico. El nacionalismo catalán, surgido en el siglo XIX (como otros tantos, al amparo de la burguesía), tiró de la Historia para apoyar sus teorías. Pero la Historia no siempre casa con los intereses propios, de ahí la querencia de todos los nacionalismos por reescribir el pasado según y cómo para hacer comulgar a sus adeptos con descomunales e indigeribles ruedas de molino.
Que nadie me malinterprete. Cada uno puede tener las ideas políticas que mejor le parezcan, pero la Historia es la que es y, por desgracia para muchos, no debería prostituirse por muchos billetes que se le pongan sobre la mesa. Por eso mismo es inaceptable que se hable de un reino de Cataluña, de una corona catalanoaragonesa o de los Païssos Catalans como herederos políticos de la misma. De hecho, son afirmaciones con el mismo fundamento histórico que la existencia del dragón derrotado por san Jorge, esto es, ninguno.
No, no hay fundamento histórico posible para ambos casos. Pero nunca faltarán las mentiras mientras haya ignorantes dispuestos a creérselas.




10 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Estupendísimo artículo Fer.
¡¡¡Felicidades!!!
Gracias por comentar, Laura, me alegro mucho de que te haya gustado el artículo.
Estoy recomendando por doquier el postio de Aqui fue Troya. Muy bueno y el debate, de alto nivel, sí señor. Saludos.
Pcbcarp, muchas gracias por recomendar el artículo por doquier. Cosas así le alegran a uno el día.
Alfonso VII de ¿¿Castilla y León?? Me sangran los ojos. Eche un vistazo a la Chronica Adefonsi Imperatoris, por favor...
No me trate de usted, Ricardo, que no es necesario. Es más, se lo agradecería.
Por otro lado, ¿acaso no heredó Alfonso VII los reinos de León y Castilla de su madre Urraca I? Es por tenerlo claro, no me basta únicamente con haberlo leído en la Chronica Adefonsi Imperatoris. Sobre todo porque intento desligar bastante todo atisbo de política en lo que escribo sobre Historia.
PD: revise su blog: Sancho, el hijo de Alfonso VI, no falleció en Sagrajas (que no sucedió en 1108, sino en 1086), sino en Uclés (esto sí ocurrió en 1108). De hecho, Sancho nació después de la batalla de Sagrajas, así que muy difícil se me antoja que pudiese haber acudido al combate.
Dice: " ¿acaso no heredó Alfonso VII los reinos de León y Castilla de su madre Urraca I? ". Claro, y el de Galicia. ¿Lo llamamos Alfonso VII de Castilla, León y Galicia (orden, por otra parte,totalmente incorrecto si acudimos a la documentación)? ¿Cómo lo llamaban en su propia época? Para eso hay que acudir a la Chrónica que le mencionaba, donde en más de cuarenta ocasiones le llaman "rey (o emperador)de León". ¿Cuántas
veces lo denomina el autor "rey de Castilla" o de "Castilla y León"? 0. No es política: es algo tan simple como acudir a las fuentes.
Gracias por el aviso del error de la batalla de Sagrajas: evidentemente fue un lapsus mío con el nombre de la batalla, pero no de las fechas. Ya ha quedado subsanado.
Antes de nada, Ricardo, le pido disculpas por tardar en responder: he andado de vacaciones y completamente desconectado.
En cuanto a la supuesta polémica sobre la denominación del reino de León o la intitulación de sus reyes, déjeme que le comente unas cuantas cosillas.
Lo primero: estudié Historia (licenciatura y DEA en historia medieval) en dos universidades tan poco sospechosas de ser procastellanistas (?) -sí, tiene narices que andemos con estas tonterías- como las de Salamanca y Oviedo. Y tanto en una como en otra no hubo ningún profesor que hablase de un Alfonso VI o Alfonso VII de León, exclusivamente. Es más, incluso en Asturias no hubo profesor alguno que clamara por llamar, por ejemplo, rey de Asturias y León a Ramiro II.
(Sí me encontré compañeros de estudios que se obcecaban en ello, encantados de mezclar reclamaciones políticas con asuntos históricos sin venir a cuento).
Del mismo modo, y tirando de razonamientos como el suyo, yo podría negarme a llamar "rey de Castilla y León" a Fernando III. Si nos regimos únicamente por lo que digan las fuentes y las tomamos ciegamente al pie de la letra, a Fernando III el reino de León le importaba bien poco, dado que dejó que fuese su madre Berenguela quien negociara con sus hermanastras portuguesas la cesión de la Corona.
Porque sí, las fuentes pueden decir tal o cual cosa. Como asegurar que en Covadonga fallecieron más de cien mil musulmanes por la ira divina que provocó el desprendimiento de la montaña. Se puede proclamar "imperator totius Hispaniae" a Alfonso VII, pero tan imperator no sería si (todo al pie de la letra) en su reinado se produjo la independencia portuguesa y la invasión almohade.
Y conste que no soy para nada castellanista (ni leonesista). Estos asuntos me parecen completamente absurdos.
"Estos asuntos me parecen completamente absurdos".Absurdos para lo que queremos, me temo. Sea consciente de ello o no, la realidad es que usted prefiere una intitulación anacrónica porque se corresponde más con un marco administrativo actual.
Y Fernando III jamás se intituló "rey de Castilla y León", sino "de Castilla y de León" Un matiz sin importancia para usted, pero que sin duda la tiene. Como no me gusta verle tirar balones fuera, por mi parte considero zanjada mi participación en este post. Gracias por su atención.
Como usted comprenderá, Ricardo, no estoy aquí para decirle que sí a todo. Si su opinión fuese la más ajustada a la realidad, ¿qué hacen las universidades y los historiadores que no la han aceptado ya?, ¿aún esperan a que usted les abra los ojos?
El marco administrativo actual data de 1983, si no me equivoco. El uso de "rey de Castilla y de León" se usó muchos años antes, así que le ruego que no busque fantasmas donde no los hay. A mí, insisto, me parece una memez enfrascarnos en debates sobre si León tal o Castilla cual. Esto es política -o un asunto político muy idiota, la verdad-, no es Historia, recuérdelo.
Y si a usted no le gusta verme tirar balones fuera (imagino que "tirar balones fuera" supone para usted "darme la razón como a los tontos"), a mí no me gustan otras cosas suyas que, como usted comprenderá, no voy a sacar a relucir.
Siga pensando que soy un pérfido castellanista. Mientras lo hace, voy a comerme unos niñitos leoneses bien tiernos. ¿Le mando un tupper?
Publicar un comentario en la entrada
La vaca no muerde, comenta lo que gustes.