Hace once meses descubrí Oporto, que es una ciudad que hasta entonces me llamaba poco o nada la atención. Pero digamos que desde 2010 se me enamora el alma (semenamoooraaa) con Portugal y que, como ustedes andan al tanto, me estoy poniendo de un lusófilo tan estupendo que no suelo rechazar las oportunidades que se me ponen a tiro.
Como mis amigüinos también conocen esta debilidad apenas me extrañó que el insanamente futbolero Chimo me soltara un "¿me llevas el día 24 a ver el Oporto-Sevilla?". Y yo, que creía que me estaba vacilando, le respondí que vale, que pagándome él la gasolina y el hotel. Y él que sí, que bueno, que le salía a cuenta. Y yo que no, que era coña, que dónde iba. Y él que se lo pensaría. Y yo que si hacía falta llamar a objetos perdidos buscando nuestro sentido común.
Pero no, no llamamos a objetos perdidos, sino al resto de amigüinos por si se animaban. De todos los "me gustaría" sobrevivió el sí de Aurelio y la absurda iniciativa alcanzó primero el rango de posibilidad y después el de realidad fehaciente tras pillar servidor un auténtico chollazo: hotelillo a quince euros por barba.
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Una vez hallado un techo bajo el que cobijarnos, Chimo, que era el único interesado en ver el encuentro, comprobó con horror que la UEFA le había traicionado. El partido no era el jueves 24, como mandaría la tradición, sino el miércoles 23. Con el hotel ya reservado. Era o abandonar a Aurelio u olvidarse del partido. Y en un gesto que enternecería a Disney, prevalecieron la amistad y las buenas intenciones.
Así pues, el jueves nos pusimos en marcha hacia Oporto, previo paso por Fail, que es un pueblo muy EPIC (nosotros nos entendemos, semos asín). Ya cumplido el gran reto del viaje, teníamos treinta horas por delante para...
... conocer los principales monumentos de Oporto: hecho, pateándonos cuestas, escaleras y hasta puentes de doble tablero, que es algo que hay que hacer como mínimo tres veces en la vida.
... rendirle homenaje a un tío que se llamaba João Gordo: hecho.
... degustar las bondades de la gastronomía portuguesa: hecho, a base de bacalao, carnes a la brasa, francesinhas, cafés y dulces.
... salir a quemar la noche portuense: hecho, mezclándonos con la despendolada juventud del lugar y echando pestes de la Super Bock, que cómo será de mala para hacer buena a la Sagres.
... guardar un minuto de silencio en honor a Cabeza de Hierro: hecho, Cabeza de Hierro in memoriam.
... atrevernos con el portugués: hecho, y es más, la frase más repetida fue "em Portugal eu era cardiólogo" (minuto 2:30, de nada).
... buscar regalos o hacer como que los buscábamos: hecho, y hasta logré darle un alegrón a L. tras su mensis horribilis con la auténtica medida de la felicidad.
... darle Aurelio y yo el caprichito a Chimo y visitar los estadios de Do Dragão y Do Bessa Século XXI: hecho, e incluso entonamos el célebre "cómeme el rabo, Del Nido, cómeme el rabo" (minuto 0:48 en adelante, de nada otra vez).
... deleitar nuestras trompas de Eustaquio con el ya clásico Celtiberia Sounds: hecho, y sin lamentar víctimas mortales.
... parar en Farinatown para ejercer de TelePastéis: hecho, y regresando a Charrajevo exhaustos, pero contentos por habernos traído un saco de anécdotas con el cual martirizar a quienes se perdieron unas horas dignas de entrar en Os Lusíadas... bueno, no vamos a engañarnos, en Os Lusíadas no, pero sí en un álbum de fotos.




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