- ... y me jode mucho que Pekín Express lo ganaran las hermanas vascas, porque yo era muy fan del padre y la hija y...
Ah, hola, que han vuelto. Pues eso, yo dejaré de despotricar y les contaré la segunda parte de nuestro viaje a Portugal, si es que no tienen cosa mejor que hacer que echarle un ojo a estos párrafos.
L. y servidor habíamos planificado el viaje con afán inquisitorial (pero sin quemar herejes) y, vista Coímbra, el domingo 31 nos regalamos trescientos kilometrillos de nada. Eso sí, trescientos kilómetros de fervor nacionalista, orgía del manuelino y diluvio universal.
Hicimos el primer alto -no sin ciscarnos en las obras de Leiria- en el monasterio de Batalha. Resumiendo: la hostia. Siendo más extenso: la hostia en bici.
El monasterio se construyó para conmemorar la victoria portuguesa en la batalla de Aljubarrota frente a Castilla en 1385 (son tres lerus por la explicación) y nosotros, como españoles, deberíamos sentirnos humillados ante él. Pues no. Uno se siente, sea de donde sea, extasiado y hasta boquiabierto con hilillo de baba. Que si el Claustro Real, que si la Capilla del Fundador, que si las Capillas Inacabadas... vamos, un frenesí artístico y un ardor patriótico que te entraban unas ganas locas de berrear “Às armas, às armas!” e hincharte a zampar pasteles de Tentúgal, otro adorable prodigio de la repostería lusa.
De Batalha nos encaminamos a Alcobaça, donde hay un monasterio cisterciense como él solo. La leche, de verdad. Ustedes vayan, quédense ojipláticos ante las tumbas de Pedro I e Inés de Castro y luego vuelvan a contármelo. Y como después de ello y demás dependencias góticas tendrán gazucilla, hagan como nosotros: crucen la plaza y coman en O Capador, un restaurante cojonudo (ejem) cuyo nombre desaconsejarían nueve de cada nueve expertos en publicidad.
Desde Alcobaça nos fuimos a Tomar... y casi a tomar por saco. Jamás de los jamases -y nunca de los nuncas- había conducido bajo un aguacero semejante, sin apenas ver más allá del hocico del Vacmóvil en una autovía que parecía un aquapark. De no ser por L., que me animó a seguir, nos hubiésemos quedado detenidos en un área de descanso. Y a L. le debo agradecer que, pese al épico chaparrón, llegásemos a tiempo al Convento de Cristo.
Tras someterse a un simpático ERE por media Europa, los templarios de Portugal tramitaron su reconversión empresarial bajo el nombre comercial de Orden de Cristo, manteniendo su sede central en el Convento de Ídem, en Tomar. Que no es un convento cualquiera, como el de mi pueblo, no, es un señor convento dentro de un señor castillo con siete señores claustros, siete, tantos que lo convierten en un laberinto letal donde a punto estuvimos de quedarnos encerrados. Y, créanme, no soportaría una noche abandonado en un lugar cuyas principales atracciones son una rotonda (¡pero qué rotonda!) y una ventana (¡pero qué ventana!).
Regresamos esa noche a Coímbra con: a) carretera malilla; b) más lluvia; c) hambre; d) ganas de parar en dos grandes lugares como Coito y Penela; e) todas las anteriores, así que cenamos y nos dimos un nuevo paseíto nocturno para comprobar que, como canta el fado, “Coímbra tiene más encanto a la hora de la despedida”.
Con todo, todavía nos quedaba Guarda, el último hito en el camino. Guarda no sólo farda de ser la ciudad más alta de Portugal, sino de catedral, murallas y una poesía infame de Sancho I que incluye el gran pareado “muito me tarda o meu amigo na Guarda!”. Rapsodias al margen, a mí Guarda me dejó chanaíto perdío.
Y para consumar el milagro que supone redescubrir Portugal, el Vacmóvil conduró el poco pienso que le quedaba, justito a tiempo para abrevar ya en ese pueblo que tiene más puticluses que gasolineras. Un pingüino en toda regla, pero relleno de saudade y más afotos feisbuqueras.




4 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Desde luego sois incansables ehhh... en algún sitio, de los mencionados, he estado, pero en la mayoría no. si este verano decicimos ir ya me puedo volver a mirar todas las entradas. Eso sí, necesitaré recomendaciones culinarias (restaurantes, platos a probas etc). Me gusta el turismo de piedras, naturaleza y lo que sea... pero siempre acompañado del turismo gastronómico.
Un abrazo grande.
Os deseo lo mejor a ti y a L., estupenda pareja de historiador@s.
A ver, Laura, que había que aprovechar la estancia por esos pagos y no quedarnos de brazos cruzados... ¡para una vez que vamos!
Eso sí, yo animo encarecidamente a quien desee viajar a Portugal a que vaya sin demora. Es un país que solemos desconocer, que es increíble, con gentes maravillosas y con el que compartimos más cosas de las que pensamos.
Y descuida, a nosotros también nos gusta el turismo gastronómico. Si necesitas cualquier recomendación dame un toque y procuraré ayudarte en lo que sea.
Un abrazo.
Yo animo a quien sea a comer en Portugal... hmmmm
Pues vete preparando, guapa, que se me está ocurriendo algo ahora que vienes a Seronia que lo mismo hasta te gusta y todo...
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