Nuestro Mundial

Despejada la incógnita –adiós, candidatura ibérica– de que los Mundiales de 2018 y 2022 serán para Rusia y Qatar (¡oh, cuán sorprendente es para muchos ilusos descubrir ahora la supremacía de los petrodólares!), podremos al fin centrarnos en el título: nuestro Mundial.
Y no es el de 1982, pese a que me guste definir a mi generación como “la quinta de Naranjito”. No. Nuestro Mundial ha sido el de este año. Un Mundial tan raruno que empezamos perdiendo, tan raruno que lo ganamos jugando como España pero con resultados italianos, tan raruno que acabó bien cuando peor pintaba y tan raruno que ni siquiera escribí sobre él a su debido tiempo. Por eso lo hago hoy, al hilo de la actualidad y basándome sólo en mis sensaciones, que del resto del análisis ya se encargó la prensa.
Hace un año uno de mis guiris me preguntó si España se alzaría con el Mundial; le respondí que, por poder, podría. Él me recordó que ninguna selección europea lo había conseguido fuera del Viejo Continente (ahora Carrefágüer); yo le solté que como África comienza en los Pirineos no había nada que temer. Quizás parezca una chorrada, pero ganar un Mundial es cuestión de fe, esa fe que tanto escaseó entre los españoles cuando la ordenada Suiza nos venció tontamente, casi sin enterarnos.
De la anestesia al pánico, los encuentros contra Honduras y Chile desataron en Tüíter los #spanishnervousfacts, tópicos y tónicos a lo largo del campeonato. Pasamos a octavos entre dudas y cálculos, entre debates sobre alineaciones y la atávica alergia a los infernales cruces.
Uno a cero al Portugal de CR2D2. Uno a cero a la Paraguay de Larissa Riquelme. De octavos a semifinales tras dos partidas de ajedrez en las que jugamos sin matar, abstraídos en la narcisista autocomplacencia de quien se sabe mejor y más bello, como si no hiciera falta demostrarlo, como si no se comprendiera que estábamos en un Mundial y no en un concurso de misses. Pero seguimos adelante, en buena parte gracias al meditabundo silencio de Del Bosque, ajeno a la insustancial cháchara de los otros cuarenta millones de seleccionadores.
Aguardaba Alemania, un señor equipo, sensación del Mundial. El toque no bastaba y hubo que recurrir a la furia, esa furia imprescindible que desearon enterrar los líricos adalides del jogo bonito. El cabezazo de Puyol supuso la reconciliación entre nuestro pasado y nuestro presente, amén del pasaporte –quién lo diría– a la final.
Todo se resolvería entre España y Holanda, entre el mejor fútbol de los últimos años y el país a quien se le lleva décadas debiendo un Mundial. Por desgracia, la Holanda del 2010 no es la misma que la Holanda de los 70 y el choque fue precisamente eso, un choque, una batalla campal cuya pretensión era frenar el juego español y fiarlo todo al tiempo o a la inercia.
En cualquier otra ocasión, Casillas no habría parado ningún mano a mano a Robben, nos habría faltado orgullo y aplomo, Xavi no habría sido el cerebro, los defensas habrían tenido alguna laguna. Pero no era cualquier otra ocasión. Era la nuestra. Pese a las patadas, pese a la desesperación, pese al arbitraje, pese a la prórroga. E Iniesta, Iniesta de mi vida, no sólo le pegó con toda su alma, sino con la de toda un país al que sumió en la más deliciosa de las locuras.
Como hace dos años, vi todo el torneo en Charrilandia salvo la final, que la sufrí en Seronia. Mi familia, L. incluida, no es nada futbolera y no entendió ni mis rituales (estúpidos, pero rituales), pero sí mis gritos, mi enajenación mental y una celebración en la que casi me dejo rodillas y dientes para luego salir a festejarlo canónicamente.
Los días siguientes, entre Málaga, Leeds, York y Edimburgo, fue imposible no ufanarse -L. también, que conste en acta su ventajismo- de ese Mundial, de nuestro Mundial, de esa estrella en el pecho y, por qué no decirlo sin miedo, de ser español y de pertenecer a un país en el que podremos hostiarnos a la más mínima, estar jodidos de verdad y ser unos auténticos zoquetes, pero sí, además somos capaces de rascar el cielo antes de precipitarnos al vacío de nuestra cotidianeidad.
Ése fue mi Mundial, nuestro Mundial, el que le contaremos a nuestros nietos.

5 respuestas (¡y eso que son gratis!):

Deneb dijo...

Joe pues yo espero no tener que contar esto a mis nietos, porque para cuando lleguen, la selección haya ganado alguno más...

Fer dijo...

Hombre, yo también lo espero, pero hay que reconocer que el primero hace más ilusión, ¿no?

Alicia Liddell dijo...

¿Y cuándo dice que pasó eso? Es que entre programas de ajuste, amenazas de salida de la eurozona, ere's, trombas de agua, tornados (¿está usté bien?), divorcios de cornudos, digo, de toreros y ex toreros ... no sé cuando aconteció eso que cuenta.

Alicia Liddell dijo...

... sin olvidar epidemias extrañas entre los controladores que ahora investiga el equipo de Fringe con el apoyo de Malder y Scully; los de Lost y Flashforward y los alienígenas amigos/enemigos de Event ... creo que tengo una sobredosis de series debido al largo puente ... sin controladores.

Fer dijo...

A ver, Alicia, es muy cierto que en ningún momento he citado tooodo lo que ha pasado en estos últimos meses y que he estado desconectadísimo de la realidad. Pero desconectado del todo, HOYGAN.
Ahora, que si es por comentar:
a) lo de la crisis me tiene muy frito y va camino de convertirse en gran triunfadora de los Hijosdeputa (pronto en aqueste su blog amigo);
b) estoy bien y no me he despeinado. A Charrilandia no han llegado esas inclemencias y, para colmo, apenas nevó cuando fue su momento. Puta mierda;
c) yo de divorcios de toreros estoy harto. Cada nuevo divorcio es una nueva amenaza de una Esteban cualquiera;
d) los controladores, esos cabrones y posibles candidatos a los HDP. La madre que los trajo al mundo, pese a que no me afectaron;
e) de las series que citas sólo vi Expediente X, del resto ná de ná.
Pero sí, prometo actualizar pronto, aunque el cuerpo me pedía recordar una alegría tras el (ejem) 5-0.

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