Lusofilia

Languidece 2010 y aún no he narrado nuestro ya clásico viaje de aniversario –seis van, seis, sin que a L. la canonicen-, de ahí que me lance a corregir tan execrable error.
Por ustedes todos es conocida mi lusofilia, sano vicio que comparto con L. hasta que alguna autoridad sanitaria lo prohiba. Y aunque a menudo vayamos a Portugal para algo más que para comprar toallas, este año nos hemos soltado el pelazo entre Oporto, Miranda, Guimaraes, Valença o la tierra de Almeida. Ventajas del oeste aspañó.
En principio, confieso, nuestro viaje/regalo sería el de Edimburgo, dejando para el uno de noviembre una escapadita a cualquier lugar de España. Con todo, la cantinela de “capital de antiguo reino” (Bruselas, Lisboa, León, París, Viena) se nos enquistó en la mollera. Podríamos haber elegido Pamplona, o Burgos, o Niebla. Pero Portugal, a nuestra vera, suponía una tentación a la cual sucumbimos del tirón tras descubrir que Coímbra –una deuda pendiente- había sido capital lusa entre los siglos XII y XIII. No necesitábamos más excusas.
Por tanto, el 29 de octubre agarramos el Vacmóvil y le dimos forraje justo antes de retroceder (una hora) en el tiempo. Por si alguien no lo sabe, la gasolina en Portugal contiene unos ingredientes extraordinarios cuyo poder es tal que te la cobran unos veinticinco céntimos por litro más cara. Cruzamos la frontera con el depósito hasta arriba, orándole a San Cigüeñal para sobrevivir sin repostar ochocientos kilómetros.
[Coímbra no está tan lejos. La cosa era aprovechar bien los cuatro días con una hoja de ruta que además incluía Viseu, Batalha, Alcobaça, Tomar y Guarda. Algo ligerito, sí, pero que no sólo merecía la pena, sino una depresión de caballo entera, de las de psicoterapeuta argentino y merendola de Lexatines].
Camino a Coímbra nos detuvimos en Viseu, que es como otras muchas ciudades de la mitad norte de Portugal: una sinfonía de granito con cuestas y callejero demenciales. Y encima llovía a cántaros, siendo inevitable la comparación con Galicia, con la salvedad de que en Galicia no hay pasteis de nata (o natas, que no pasteis de Belém: de ésos sólo hay unos, los originales y mi medida de la felicidad) ni tampoco el Museo Grão Vasco ni la catedral de Viseu, cosa logiquísima por otra parte.
La lluvia nos echó de Viseu y nos escoltó hacia Coímbra. Llegamos al Hotel Tivoli y nos dispusimos a patear la ciudad durante día y medio, aunque Coímbra es caprichosa y no permite que la pateen así por así. Hay que rendirle pleitesía e incorporarse sin pretextos a sus biorritmos.
De entrada, el relieve. El único descanso entre subidas y bajadas lo otorgan las orillas del Mondego. Uno puede desplazarse en coche, barco, autobús, ascensor, bicicleta y hasta trolebús, pero el pinrel es lo más recomendable para moverse por el casco histórico, entre callejuelas, rincones y escaleras que conducen a la cima de la colina primigenia, sede de dos catedrales independientes y su famosa universidad.
Y también están sus gentes. Que qué majos son en Coímbra –como en el resto del país- y qué poca papa de español la mayoría; luego pasa lo que pasa, que me toca destrozar el portugués con la cobarde aquiescencia de L., que ni a tiros se atreve a hablarlo.
Esa tarde sólo merodeamos por la Alta, con la universidad como plato fuerte. Coímbra es el Charrajevo luso, con sus estudiantes agrupados en repúblicas, su oferta cultural, su marcha nocturna, sus tunos y su maravilloso edificio académico que no tendrá rana, pero sí la Biblioteca Joanina, que es de un desenfreno ornamental que en sí ya justifica la visita. Ídem con el Café de Santa Cruz, donde de paso pillamos noche de fados.
El día siguiente fue un trajín constante bajo lluvias, nubes y claros. Iglesias varias, monasterio de Santa Cruz (con los mausoleos de Sancho I y de su padre, Alfonso I, auténtico ídolo nacional), convento y monasterio de Santa Clara –vayan al segundo y gócenlo con su gótico desnudo-, Quinta das Lágrimas, Torre de Almedina, catedrales románica y barroca, ruinas romanas bajo el Museo Machado de Castro, resto del barrio universitario, acueducto y antiguas murallas. Arf.
Con el bofe intacto pero anegado alcanzamos el ecuador del viaje. Lo demás, quedan advertidos, lo reservo para la próxima entrega... hasta entonces, sólo fotos.

2 respuestas (¡y eso que son gratis!):

Laura Uve dijo...

Conozco Coimbra y toda la zona de los alrededores pero hace unos 20 años que la visité. Justamente este año estábamos pensando en volver a Portugal y subir hasta Galicia, recorriendo un camino similar al hecho hace tantos años... Parece que tus entradas me van dando más razones para hacerlo... sigue, sigue........

Un abrazo.

Fer dijo...

Bueno, Laura, antes de nada pido perdón por la tardanza en responder, pero estos días he estado liadísimo y más aún que lo estaré. En fin, cosas del directo.
Como habrás podido comprobar, he continuado con la segunda mitad del viaje a Portugal. Y lo peor de todo es que me he dado envidia a mí mismo y casi que me he obligado a prometerme (a mí mismo, de nuevo) que debo volver a Portugal lo más pronto posible. Así que poco puedo decirte si quieres viajar allí, salvo un rotundo VE YA.
En serio, estoy de un lusófilo subido que no me aguanto...

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