Una de las ventajas de las múltiples culturas que han pasado por España es su variada herencia metropolitana. Disponemos de ciudades de todo tipo: dignas de una corresponsalía de Callejeros, como Badajoz capital; idóneas para el mamoneo urbanístico, como Valencia; perfectas para desquiciar a sus habitantes, como Madrid; y depositarias de una fama de las que son (o no) merecedoras.
A esta última categoría pertenecen, entre otras, Barcelona, Oviedo y Santander. Barcelona es mi ciudad preferida, lo cual no quita que me asquee el resabio cosmopolita que los modernos le quieren adjudicar. Oviedo, como dije, tiene su aquel, vale. Pero Santander es la clásica ciudad que se ha sabido vender hasta calar en el subconsciente del españolito pedestre que, cuando le comentas que vas allí, sólo atina a responder: “ah, sí, es precioso”.
Y no, Santander no es precioso. Es una urbe normal, aseadita, pijísima en extremo, y no un lugar horrendo como cualquier ciudad genérica de extrarradio, modelo Fuenlabrada. Madre mía, qué de amigos voy a hacer con este inicio de artículo.
Intentaré reconducir esto. Sepan que en Santander se celebraba el congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, en el cual participaba no sólo L., sino también la cosmogónica María y Aurelio. Yo no pintaba nada, pero entre que nunca había estado en Santander –aunque una vez lo vi de lejos–, que por allí tengo amiguinos y que el Vacmóvil me convertía en pieza indisoluble (sic) de la expedición, fui.
Nos alojamos en el NH Parayas, cuyo punto fuerte era el precio –¿alguien ha reservado hotel en Santander sin gritos desgarradores de su tarjeta de crédito?– y cuyo punto débil era estar ubicado donde Cristo se hizo la pedicura. La primera tarde, guiados por Ester, paseamos por lo más remarcable de la ciudad: la Plaza Porticada, los Jardines de Pereda, el Sardinero o la Magdalena, que yo habría bautizado como el Sobao dado que es más típico de Cantabria y que se correspondía más con la personalidad de Alfonso XIII.
Empezó el congreso y Ester me rescató de la soledad para descubrirme lo mejor de Santander: sus paisajes, esos acantilados y peñascos que le rodean y empujan al Cantábrico en una especie de fin del mundo. Ya desvelé el pánico que profeso hacia el mar, lo cual no impide que me guste contemplarlo en según qué circunstancias, pero ese día sólo me acongojé en la cafetería del Cabo Mayor, auténtico santuario del facherío cañí regentado por un antiguo legionario donde sirven unas prestigiosas rabas (¡brouagh!) con unas vistas que, eso sí, son la hostia en verso.
Tras ser adoptado por Salva y Ester para el almuerzo, me reuní por la tarde con L., María y Diana, que arresulta de que también tenía a su novio en el congreso y a la que le entregué la palmera bichocolática prometida. Cafeteamos y pensamos en ciervos muertos hasta que nos pusimos el traje de pulpo en un garaje para cenar con una legión de contemporaneístas. No nos contagiaron: laus deo.
Entre eso y la jornada posterior logró L. devolverme lo de Leeds. Acudí a su más que interesante comunicación sobre bibliotecas escolares, a otras de su mesa y, de paso, a una ponencia tan coñazo que no tuvo asistentes, sino parte de bajas. Hubo después barra libre de canapieses, pero ni eso nos retuvo más de lo imprescindible: salimos por patas María, Aurelio y yo a echar la tarde lejos del ambiente académico.
Así nos topamos con el añejo carácter santanderino. Yo me lo hacía parecido al astur, majo y noblote y tal, pero Ester (que es una iconoclasta del santanderismo imperante) lo definió muy acertadamente: “es que en Asturias tienen sidra”. Cuánta razón. Como sería que hasta a las reciérrimas y farinatas L. y María les pareció que la gente era un puntito rancia.
Retornamos a Charrilandia a la mañana siguiente, de nuevo torturándonos a lo masoca con el Celtiberia Sounds del mismo modo que yo les he torturado a ustedes con este relato de catorce mil kilómetros de verano: se han ganado el cielo.
PD: por si aún quieren doble taza de todo este nutritivo caldito estival, atrévanse con las fotos del Féisbuq, so valientes.




6 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Niño, casi acabas en navidad...jijijiji.
La verdad es que me ha gustado el recorrido. Santander hace mucho que la visité y tengo buen recuerdo, como dices no tanto de la ciudad sino de la zona de playas, la Magdalena... Creo que había un festival de danza cuando fuimos para el verano.
Te dejas mi Zaragoza, ya sabes... el que no se j.de, goza... ¿No has estado?
Un abrazo grandeee
Pues sí, Laura, casi acabo en Navidad, pero he conseguido contenerme y finalizar de una vez por todas la serie veraniega.
A mí es que Santander no me terminó de convencer. No quiero decir que sea fea, que no, pero le falta ese algo que logra engancharte a una ciudad, por muy engalanada que Santander parezca.
Y sí, estuve una vez en Zaragoza hace cinco años, unas horillas de pausa en un viaje a Italia. Lo único que vi fue la catedral y la basílica del Pilar, así que tengo muchas cuentas pendientes (y, por extensión, con Aragón: Teruel, Loarre, Albarracín, Sos del Rey Católico...). Lo malo es que no me pilla a mano, precisamente.
Un abrazo.
Buenas,
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Saludos Cordiales,
Tomeu
Buenas,
He tenido el agrado de leer tu comentario, con lo que debo felicitarte por el trabajo que has hecho.
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Por mi parte, no tendré ningún problema en exigirte que no me enlaces de ninguna forma.
Quedo a la espera de tu grata respuesta, a través de este cauce y no en un correo electrónico al que no pienso escribirte.
Saludos cordiales,
Fer
PD: queridos lectores, en Algún día no se admite publicidad y mucho menos de casas de apuestas. Tampoco admito la entrada a habitantes de Villaperales de la Cabaña, pero por otros motivos.
Hay dos ciudades en Cantabria. Sant y Ander. Sube unas pocas calles desdelas zonas chachiguays y te encontrarás en un laberinto de favelas y casas cutres.
Hombre, Dan, yo estuve viendo distintas partes de Santander y no me pareció tan cutre... pero sigue sin convencerme, que conste.
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