Catorce mil kilómetros de verano:

11.- Retales de agosto

En esto que me doy cuenta de que la narración del verano se puede estar haciendo algo parsimoniosa, maomeno, y que encima me estoy dejando cabos sueltos respecto a la actualidad otoñal (ese necesario cambio de ministros, esa sobrante visita papal, eso Carmen de Mairena candidata electoral), así que tiraré millas y resumiré el resto del mes de agosto en ligera compilación. Con frases más cortas, a ser posible, y dedicándoselo a María y Aurelio pese a que no le vean puta gracia a esto del blog.
Desde Galicia, decíamos ayer –o no–, L. y yo regresamos a Miróbriga, donde L. tiene a su familia, que suele ser mucha y gabacha en verano. Por no extenderme demasiado, contaré que el plato fuerte fue cruzar la Raya para que los galos visitaran Almeida y Castelo Rodrigo, cuya fusión sería como una versión portuguesa de Rodericktown, quicir, una maravilla tan cercana como por desgracia desconocida: perdónenme la lusofilia.
De allí bajé a solas el 15 de agosto a Seronia para celebrar en familia el santo de mi agüela, a quien mando un besazo de los gordos porque sí y para que siga luchando contra ese cabronazo alemán.
Me quedé en Seronia hasta finales de agosto, las únicas dos semanas de aparente calma chicha estival. Pero eso no se tradujo en letargo: el 18 nos marchamos a Cáceres mi hermano y yo junto a Nieves y João, que es su novio y andaba descubriendo Extremadura, y el 20 acudí, de nuevo con mi hermano, al conciertaco de Oreka Tx, Urban Folk Quartet y Lúnasa en el Festival de Plasencia.
Las jornadas se sucedieron hasta el 31 de agosto, cuando L. arribó a Seronia en su tradicional estancia veraniega, una estancia que ella demoró conscientemente con el firme propósito de esquivar los rigores de la solana. Ni de coña: hizo calor y mucho, perpetuándose así la maldición por la cual L., cuando pisa Villanueva, siempre sufre sus extremos climáticos. Que vale que la calor apriete hasta el punto de provocar masivos derretimientos neuronales y consiguientes aumentos del nivel de canitud en determinadas subespecies de nuestra fauna local, pero de ahí a que L. se queje de que pasa frío en el invierno serón, ella, que nació leonesa y vive cylesamente...
Y entre que L. no quería más suorèh, que el Vacmóvil ansiaba jaranear y que ambos (L. y yo, no ella y el Vacmóvil) le echamos buena dosis de morro, aprovechamos para llevar a mi hermano a sus dominios del sur.
Lo han adivinado vuecencias: todo ello será carne de otro capítulo.

4 respuestas (¡y eso que son gratis!):

Laura Uve dijo...

Jajaja... pues venga niño, acelera un poquito... yo quiero leer tus opiniones sobre la actualidad, se te paso la visita del papa...tan gloriosa.
Oye, que me gusta mucho tu relato ehhh, por mi sigue a tu ritmo, yo te leo.
Un abrazo medievalista.

Fer dijo...

Bueno, Laura, ya sabes que esto me lo tomo con calma. Todavía me faltan las andanzas por Cádiz, las de Cantabria y, de propina, el último viaje que L. y yo hemos hecho por el centro de Portugal.
Así que, con un poco de suerte, para finales de noviembre me reincorporo al presente. No está mal para un medievalista, ¿no?
Un abrazo.

Alicia Liddell dijo...

¡y estamos en noviembre!!!

Fer dijo...

Claro que sí, Alicia, estamos en noviembre y ni siquiera he puesto nada de ese titulillo ganado en Sudáfrica.
Se me acumulan los temas y yo con estos pelos...

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