Como no todo iba a ser una narración lineal de nuestras andanzas por tierras de la Pérfida Albión, me permito el lujo –el blog es mío y me lo huello cuando quiero– de cerrar el relato de las mismas con una clásica guía chorra de viaje sobre la capital escocesa. Que ustedes lo sobrelleven como mejor puedan.
Lugar:
Edimburgo. Nombre oficial, Edinburgh (pronúnciese Édimbra, muy rápido), que viene de la transformación en superguerrero del gaélico Eiden y del inglés viejuno Burh. Hay quien la llama “la Atenas del Norte”, si bien sus pobladores de antaño la apodaron “la vieja hedionda” por tratarse del mayor vertedero habitado del mundo moderno. Pero no se me extirpen sus pituitarias (amarillas): hoy ya no huele.
Ubicación:
En Escocia, más concretamente en Midlothian dentro de las Southern Uplands, que es como decirle a un guiri que Luanco está en el concejo de Gozón y en la comunidad uniprovincial de Asturias. Sólo que Luanco no es la capital de Escocia.
Cómo llegar:
Es asaz arduo –y bordea la idiocia– pretender alcanzar Edimburgo mediante locomoción humana, dado que habría que andar, nadar y volver a andar. Mucho mejor resulta, aunque no haya vuelos baratos, desplazarse en avión, siempre y cuando a los controladores aéreos carpetovetónicos no les dé por tocar las gónadas y retrasar el viaje hasta la madrugada (caso veridiquísmo y personal). El coche ni mirarlo, salvo afán por sufrir infartos en cada rotonda.
Qué ver:
Todo el centro histórico, dividido entre la Old Town y la New Town, es Patrimonio de la Humanidad, lo cual equipara Edimburgo a Angra do Heroísmo. Pero como en Angra de Heroísmo no he estado, me ceñiré a lo más recomendable de Edimburgo: en la Milla Real, su imponente castillo, su catedral –incluida la capilla de la orden del Cardo–, sus peculiares callejas (como Mary King’s Close) y el palacio de Holyroodhouse; en la New Town, su urbanismo del XVIII –cuando el urbanismo era urbanismo, joder– y sus vistas a la ciudad antigua; entre ambas zonas, los jardines de Princes Street, el monumento a Walter Scott y la Galería Nacional. Para las vistas, súbase a Calton Hill o úsese Google Earth.
Parada y fonda:
El alojamiento más señero es, sin duda, el famoso Hotel Balmoral, pero quienes deseen un presupuesto más ajustado pueden hospedarse, como nosotros, en el Balmoral Guesthouse. Total, nadie conoce al segundo y, si alguien pregunta a la vuelta, fardaremos igualmente.
La gastronomía anglo-escocesa es afamadamente regulera, pero los pubs (The Witchery, The Hub o The Advocate, por ejemplo) son típicos y muy aparentes. Basta con probar el mítico fish and chips o el visceral haggis para cumplir con la papeleta. La bebida es mejor, empezando por las cervezas y terminando, para quienes gusten, con el sempiterno güisqui. Y aviso de que las whiskerías en Escocia son lugares decentes sin mujeres de mala vida.
De tiendas:
Hay unas cuantas, entre quince y tropecientas, y ofertan de todo al visitante, desde jerseles de buena lana a infames pelucas pelirrojas; desde kilts de diversos precios a peluches de todo a cien; desde gaitas mejores o peores a dulces tan deliciosos como la tableta de vainilla o el empalagoso fudge. Casi todo vale como recuerdo, excepto una camiseta de “estuve en Edimburgo y me acordé de tu padre”.
Reflexión postrera:
En Edimburgo suele hacer viento y mal tiempo, llueve, refresca y se nubla en un pispás. Su habla es al inglés lo que el castellano es a Aldeamuerta del Cabrito: jodido, pero gracioso. Además, las hordas de turistas te sumergen en la agonía y el odio homicida. Y, sin embargo, Edimburgo es la leche en polvo, con o sin hervidor de agua.




6 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Claro que sí, no se reprima usted de caer un poquito en la chorrez (ummm, suena regular... jejeje). Pues añadiré el comentario chorra: qué mal comen los ingleses, joderrrr A mi me encanta la comida aunque soy de plato reducido... me frustró la visita a Londres por ahí.
Abrazo ¿chorra?... noooo... grande.
A ver, Laura, como si aún no te hubieras dado cuenta de la intrascendencia suma de aqueste blog...
La cosa es que me gusta salirme de lo normal en cuanto a lo de las guías chorras de viaje, porque para decir lo mismo que otras casi que mejor os redirijo a otras páginas donde lo hacen mucho más y mejor.
Un abrazo.
Se dice que a los escoceses no les gusta que les llamen ingleses, ni que los confundan con ellos. ¿Es cierto?
Y otra pregunta: ¿Lo de su tacáñería es verdad o simple "Leyenda negra" (No sólo hemos de tenerla los españoles).
Saluditos desde Valencia.
Bueno, Manuel, lo cierto es que los escoceses no soportan esa identificación que comentas. Ellos, de entrada, son escoceses y nada más. Como mucho, británicos (de hecho, allí se preocupan muy mucho por diferenciar entre "inglés" y "británico"). Es más, la bandera británica aparece poco y abunda más la escocesa. Eso, y camisetas de "yo soy de dos equipos: Escocia y cualquiera que juegue contra Inglaterra".
Lo de la tacañería... ni idea. La verdad es que no tuvimos ocasión de comprobarlo, así que lo dejaremos en blanco por ahora hasta nuevo aviso.
Un saludo desde Charrilandia.
La idea esta me gusta. No sé si acabaré copiándola, que diga, "haciendo un sentido homenaje". Ahora se llama así, ¿no?
Hombre, Folken, puedes copiar la idea porque no tiene ningún misterio (aunque se supone que todo el blog va con copyleft y tal) y encima no te vas a forrar con ella. O eso creo.
Pero vamos, si quieres hacer un sentido homenaje, hazlo.
PD: total, tengo hasta guía chorra de mi pueblo, que ya es decir.
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