En capítulos anteriores:
Tras cruzarnos media península y coger un vuelo en Málaga, L. y yo aterrizamos en Leeds no por gusto (aunque los hay masocas), sino por necesidad logística: un servidor tenía una cita con el –a estas alturas– archiconocido IMC. No obstante, y esta vez sí por gusto, gustazo y gustirrinín, abandonamos Leeds para visitar York como paso previo para la definitiva incursión en Escocia.
Introducción:
Hará más o menos quince años que me quedé un viernes noche en casa. Nada del otro mundo, con la excepción de que, sin preverlo, acabé enganchado a una película a la que desde entonces venero con el auténtico fervor del converso: Braveheart.
Y sí, no agrada a todos, hay películas mejores y contiene más fallos que el genoma de Quasimodo, pero me dejó fascinaíto perdío y con unas ganas locas y esquizoides de hollar Edimburgo y demás andurriales escoceses.
[Queridos espoilereros y listillos de vocación: ahorraos la jodienda, sé de sobra que partes de la película se rodaron en Irlanda. ¿Puedo pasar ya al nudo?].
Nudo:
Les recordaré que L. y yo tenemos a bien celebrar nuestro aniversario –el 1 de noviembre, aceptamos regalos– viajando a capitales de antiguos reinos (requetesic). Pero ir a Edimburgo en esas fechas suponía soportar que anocheciera a las dos de la tarde y viajar así no es viajar, bailar de lejos no es bailar y vivir así es morir de amor.
Por tanto, lo del IMC en julio era la excusa perfecta para desquitarnos: si íbamos a Leeds, ¿por qué no a York?, y si íbamos a York, ¿por qué no a Edimburgo, echándole jeta? No había mucha distancia y los trenes británicos son canela fina. Abundantes, puntuales, rápidos y con ese aire novelero que te imbuye el temor de presenciar un asesinato resuelto por Poirot, lo cual compensa unos precios no muy económicos.
Bajarse del tren en Edimburgo y salir a la superficie constituye una experiencia tirando a orgásmica cuando te rodean el famoso hotel Balmoral, el monumento a Scott, Princes Street y sus jardines o ves frente a ti la ciudad antigua. Así que salimos pitando hacia el cuquísimo –o sea, tía, te lo juro– Balmoral Guesthouse para soltar las maletas y meternos sin más dilación en la marea humana que anegaba la ciudad.
Como constató Pítaco de Mitilene, el turismo es un gran invento. Era fácil soltarlo en la Grecia clásica, no te jode, pero la proliferación actual de vuelos baratos ha convertido algunas zonas en genuinas sucursales del averno. Señores, que una cosa es viajar para conocer gentes, culturas y lugares, y otra es ser turista y dar por culo doquiera se esté.
Viajeros aparte (que nosotros lo éramos; recordad, niños, la culpa es del resto), Edimburgo contaba con varios tipos de turistas: asiáticos que asentían y musitaban, gabachos e italianos avasallantes, yanquis haciendo de yanquis en sitios de yanquis, españoles ejerciendo –rellene este espacio como mejor considere el lector acorde a la idiosincrasia cañí– y adolescentes surtidos que supuestamente estaban aprendiendo inglés.
[Padres del Sistema Solar, que sepáis que mandar vuestros hijos a Edimburgo puede ser una soberana gilipollez: harán el monguer en jauría, se endronjarán y encima no se enterarán una mierda de lo que allí habla la gente, porque eso de inglés sólo tiene el nombre. De nada por el consejo].
Con la Milla Real (o Royal Mile para quienes sólo leen en versión original) invadida por la peste nos refugiamos en la catedral y en la subterránea y bastante yuyera calleja de Mary King’s Close. Pero como el percal seguía abarrotado optamos por dedicarle el día siguiente a cualquier sitio con menor densidad de población para no convertirnos en sociópatas con agorafobia.
Desenlace:
En el próximo artículo. Y prometo que no será todo un sueño de Antonio Resines.




11 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Jajaja... menudo veranito niño... con la excusa de la reunión de medievalistas... No he estado en Edimburgo pero tu relato me va dejar como a ti la peli (ummm... y no digo más de ella... y no sólo por el lugar de rodaje... pero entiendo que siempre hay debilidades difíciles de explicar, yo también tengo las mías ehhh).
Espero impaciente la continuación, un abrazo.
Uy, Laura, y eso que el relato del verano no ha hecho sino comenzar. Reconozco que me estoy eternizando al contarlo, pero tampoco es que me estén pasando mientras tanto cosas interesantísimas de la muerte.
Edimburgo merece mucho la pena, de verdad. Y lo de mi debilidad por Braveheart tiene miga, lo sé, pero hay que entender que el cine a veces despierta un nosequé que le perdonamos todo, todito, todo.
La continuación, en unos cuatro días, o eso espero. Un abrazo.
PD: de verdad de la buena, ahora me paso por tu blog y lo añado a las Delicatessen.
españoles ejerciendo –rellene este espacio como mejor considere el lector acorde a la idiosincrasia cañí
Españoles haciendo ruido y diciendo que en casa eso es mejor y ¡Huy qué caro es todo!.
Por mi que siga a este ritmo... lo estoy disfrutando. Edimburgo queda anotado (a ver si un pueste con vuelo barato...). Y lo de la peli... jajaja... ya digo que lo entiendo porqué siempre hay alguna peli que te toca la fibra sensible sin saber los motivos.
Abrazote (y a L. que la voy conociendo también).
Pdt:Folken,sobre todo... como en casa no hay nada......grrrrrrr
Me gusta más el queso que el jamón york, yo también lo hubiera cambiado!!!
Al turrón:
a) Folken, coincido plenamente con su definición de nuestra personalidad cuando salimos al exterior en manada. Lo del ruido, eso sí, también es achacable a los italianos. Será que somos primos segundos o algo;
b) Laura, me alegro de que te esté gusto el ritmo tan irregular que llevo de publicación. Los vuelos baratos a Edimburgo son casi una quimera, pero bien merece la pena soltar unos eurillos de más. Otro abrazo.
Y ahora, a enfrentarme al Balrog de la portabilidad.
Los mejores son los asiáticos: son un puñados, pero al menos no hacen ruido y tienen una relación número/espacio ocupado por persona bastante rentable.
Un saludo, señorita Uve!
Discrepo, los españoles son silenciosos, mudos, al lado de los italianos, quienes, además, no tienen empacho alguno en intentar colarse en todos los sitios. Esos sí que son la peste.
La verdad es que la idiosincracia del turista (y encima por nacionalidades) da lugar a infinitas posibilidades. Decía una amiga que vive en un país civilizadamente silencioso de Europa, cuánto echaba de menos el bullicio callejero de Barcelona, ella que siempre echaba pestes del ruido...
Miraré lo de Edimburgo con calma, a ver que encuentro...
Abrazo grande Fer y L.
Antes de programar el blog para que cuelgue nuevo artículo mañana, respondo:
a) L., tienes razón, no había caído en lo manejables que son los asiáticos. Y muy majos y dispuestos a gastarlo todo;
b) Alicia, también tienes razón, los italianos son los más ruidosos. De hecho, en el castillo de Edimburgo tuvimos cierto enfrentamiento con una señora italiana de pésima educación: la muy suya se quejaba de todo para colarse, pero hablando en italiano a voces creyendo que nadie la entendía, hasta que me giré y le respondí que los demás andábamos igual y que dejara de joder. Siguió quejándose hasta que L., por no mandarla a la mierda, le dijo que tirara p'alante, a ver si el resto de gente se cansaba de ella y la dejaba pasar;
c) Laura, una cosa es echar de menos la vida en la calle y otra es que los turistas vayan a joder la marrana. Eso sí, mantente atenta que pronto colgaré una de mis muy (poco) afamadas "Guías chorras de viaje" sobre Edimburgo.
¡Hasta otra!
Edimburgo, julio... El turismo es un mal inevitable. No digáis que os pilló de sorpresa.
De Braveheart, Mel Gibson y "Güallas el Escocés", mejor no digo ni palabra. Pero, como bien dijo Siniestro Total y valga en tu descargo: "Tranqui colega/ la sociedad es la culpable/ que sociedad no hay más que una/ y a ti te encontré en la calle".
Hombre, Víctor, cierto es que nos esperábamos la avalancha, pero no la zozobra vital. Mira que he estado en Roma o París (también en Don Benito, pero es menos turístico), pero creo que la sensación no era tan agobiante.
En cuanto a Braveheart, pues eso, filias personales. No hay manera de arreglarlas.
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