Ahorrémonos de entrada los chistes pésimos: no comimos jamón de York. Mi fe me impulsa a creer que ir a York y comer jamón de York es tan absurdo como ir a Guijuelo y pretender comer buen jamón ibérico, ¡mwa-ha-ha-ha!
La cosa es que nos levantamos en Leeds, corrimos a la estación de trenes y en media hora de agradable charleta con una aborigen estábamos en York. Tras vagar en busca de nuestro B&B y certificar –con gran pesar en mi alma– que Gúguelmaps no es infalible, fuimos amablemente socorridos y logramos llegar al encantador The Bloomsbury sanos, salvos y dando muchas gracias a los ingleses por su cortesía, pero no lo suficiente como para perdonarles lo de las Spice Girls.
Era nuestra primera visita a un B&B, bed and breakfast o biambí, que viene siendo una especie de casa rural en la ciudad. O así. Vamos, que no te levantas con el canto del gallo ni los grillos amenizan tus horas de insomnio, pero el concepto es parecido: hotelito con encanto, con lo básico y con gusto por el detalle. Y sí, con hervidor de agua.
Teníamos sólo un día en York y, oh, británica sorpresa, el tiempo se había vuelto no ya bipolar, sino multipolar. Lluvia, sol, cirros, viento, llovizna, nimbocúmulos, otra vez lluvia y un acuciante ímpetu homicida cuando te soltaban que, de todos los veranos, habíamos elegido el más lluvioso en cuarenta años cuando podríamos estar en la soleada España. Pero como York no está en España, a joderse y a apechugar con lo que cayera mientras tratábamos de exprimir las pocas horas de las que disponíamos.
York es una ciudad maravillosa. Uno se da cuenta de ello al pasear por sus calles, por sus murallas, junto a su río, deambulando entre iglesias, casonas, parques y manadas de turistas que, por suerte, desaparecen a las seis de la tarde y te dejan de jod... ejem, te dejan en una reconfortante comunión con el universo.
No obstante, el castillo de York me decepcionó una miaja porque de castillo queda poco (la torre de Clifford y punto) y es más un simulacro neoclásico de ciudad de la justicia convertido en un muy interesante museo. Porque a estos britanos se les da de lujo el arte de montar museos, de la recreación y la divulgación para absolutamente todos los públicos. De hecho, nos convendría aprender algo de ellos.
Los ingleses saben hacer museos casi tan bien como construir catedrales. O eso es lo que uno piensa cuando contempla la catedral de York, que por no caer en blasfemias me limitaré a definir como extraordinaria. Sus torres, su coro, sus vidrieras, su cripta, sus naves, sus niños cantores y su sala capitular... andaba yo tan absorto que fue L. quien se percató de la presencia de José Manuel y Leonor.
José Manuel es, además de medievalista de tronío, un buen amigo chileno que conocí allá por 2004 y con quien me reencuentro cada tres años: en 2007 pasó por Salamanca y en 2010 coincidimos en el IMC, donde también se acoplaron L. y Leonor, que es la esposa de José Manuel. Con ambos habíamos estado de cháchara la noche anterior en el bar del iemecé, aunque tuvimos que despedirnos hasta nueva orden: según mis referidos cálculos, hasta el 2013. Pero al juguetón espíritu de Guy Fawkes (un cachondo oriundo de York al que se le ocurrió volar el parlamento inglés) le dio por provocar este re-reencuentro que ya anuncié en el artículo previo.
[Que se le podría achacar el re-reencuentro a la casualidad, hoygan, mas no habría podido colar de rondón la de veras imprescindible referencia a Guy Fawkes].
Nos fuimos a festejar que la ocasión la pintan calva y, para ello –para el festejo, no para la calvicie– elegimos un pub con solera, The Punch Bowl. Buena compañía, buena bebida y buena comida (sí, buena comida inglesa, aunque parezca un oxímoron) para una velada que cerramos con un paseo nocturno sin la pesadilla de la masificación turística.
Porque, como evidenciaríamos en Escocia los días siguientes, los turistas pueden y podemos ser una orquitis de manual.




5 respuestas (¡y eso que son gratis!):
Pero niñooo, a quién se le ocurre no comer jamón de York en el idem... a ver si resulta cierto que los medievalistas sois frikis de verdad... jajaja
Eres muy buen relator de viajes.
Un abrazo.
Los turistas tenemos la extraña sensación cuando vamos a ciudades ajenas que, joer, mira que manadas de turistas, como si nosotros no lo fuéramos. Que no lo somos, evidentemente que no. Nosotros somos turistas cultos que abominamos de las manadas. Conozco la sensación. A veces descubro a un turista mirándome como yo miro a otro turistas ... Ya sabe, juego de espejos, pero no nos vemos reflejados.
Dos minutos y respondo:
a) Laura, no comí jamón de York, lo admito, pero sí un queso muy pero que muy cojonudo. Ahora no caigo en el nombre, pero era un queso inglés... buah, ni idea. Aunque sí, los medievalistas somos de lo peorcito que puebla la faz de la tierra;
b) Alicia, es cierto que somos tan turistas como los demás, pero qué menos que procurar pasar desapercibidos entre tantas hordas de gañanes. No sé, prefiero hacer la distinción entre "viajar" y "hacer turismo", creo que hay matices bastante claros.
Y mañana, más (no sé si mejor, pero sí más).
El problema radica en la masificación, que en algunos lugares puede ser tan palpable que no puedes dar un paso sin tropezarte con un señor gordo con cámara (muy probablemente americano) o con un niño gritón al que sus padres no saben controlar, como por ejemplo en el castillo de Edimburgo). Ahí ya sí que te entran todos los males...
Lucía, lo de la masificación en York no fue nada comparado con Edimburgo, como bien dices. Lo que pasa es que al turista medio le falta educación, demasiada educación, que hay mucho garrulo suelto.
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