Hijosdeputa 2008

Debido a los baches económicos que laceran nuestra perturbada sociedad occidental, la que iba a ser una fastuosa ceremonia de entrega de galardones (amenizada por la Orquesta Sinfónica de Londres y por donde correría el champán en ríos) se ha convertido en un patético artículo en el cual, como mucho, actuará lo que queda de Locomía -cuyos miembros han accedido a cobrar en bocadillos- y se descorchará una botellita de sidra espumosa. Rogamos disculpen las molestias y procuren no mancharse con los gusanitos rojos, no sea que aluego no puedan devolver el frac.
Anunciado todo lo anterior, damos paso al más rutilante certamen organizado por Algún día: los sonrojantes, miserables y espeluznantes premios Hijosdeputa, que en su cuarto año han contado con una nutrida participación popular, vía Feisbuq o vía comentarios en aqueste (y agreste) blog. Y, de paso, aprovecho esta oportunidad que me autobrindo para agradecerle su participación a quienes se han lanzado a degüello contra sus peores enemigos para hacerles merecedores, con la presentación de candidaturas, de semejante distinción.
Procedamos sin más dilación. El escrutinio se ha efectuado digitalmente (en efecto, contando con los dedos), supervisado por la estricta mirada de Lucía; sólo hemos rechazado las nominaciones de quienes ya habían sido premiados en otras ediciones, para después cuadrar las cuentas y comprobar quiénes habían vencido. En ciertas categorías, la dispersión del odio ha provocado múltiples empates a un voto que, como veréis, se resolverá salomónicamente.
El hijodeputa inicial, el mismo que señala toda una carrera cubriéndose de gloria, se lo ha llevado George W. Bush. La decisión ha sido unánime y los motivos son más conocidos que la habilidad de Fabra para echar la lotería, por lo que no entraremos en detalles. Estamos en Navidad, no vayamos a sulfurarnos todavía por culpa de un cabrón, un salvaje, un garrulo y un gilipollas integral.
Yéndonos a la política, el hijodeputa ha ido a parar a manos de Silvio Berlusconi, perfecto machista, pésimo cantante, monopolizador de los medios y, en resumen, un ser capaz de despojarnos de nuestra fe en la democracia. Sigo sin explicarme cómo este fullero puede enamorar a media Italia, sacando de quicio a la otra media.
En este complicado año 2008, el hijodeputa informativo sólo podían obtenerlo los telediarios, sobre todo los de las cadenas privadas. La doble nominación a Matías Prats respalda este galardón, hecho que denota el hartazgo del personal ante la manipulación mediática, la creación de alarmas salidas de la nada o la asombrosa facilidad para hacer de veleta e intentar desviar nuestros miedos y preocupaciones donde manden quienes pagan. Dicho queda.
Dentro del ámbito televisivo, Telecinco se ha hecho con el hijodeputa casi por aclamación popular. Su programación aberrante (El juego de tu vida, La Noria, Yo soy Bea, Mujeres y hombres y viceversa, Las gafas de Angelino, Está pasando, Sin tetas no hay paraíso, ¿Por qué no te callas? y un enorme etcétera), sus pagos a delincuentes y sus falsamente dignos presentadores justifican de sobra el premio, a lo cual hay que sumar las querellas hacia La Sexta. Y con Sé lo que hicisteis... no se juega, perillanes.
Respecto a la música, el hijodeputa ha recaído en la SGAE y la panda de mafiosos sin escrúpulos que la dirigen. No obstante, y si están leyendo esto, añadiré que son unas lindísimas personas y que lo que estoy silbando no es una canción de Camela.
Pasamos al séptimo arte -cada año sin menos ídem- para proclamar campeón en hijodeputez a George Lucas. No bastaba con ampliar su mastodóntica cuenta corriente por medio de una segunda trilogía de La Guerra de las Galaxias y la serie de las guerras Clon (ahora, con un treinta por ciento más para idiotas), no, sino que encima ha osado poner sus zarpas sobre Indiana Jones, un ídolo tan sagrado como intocable.
En el campo de la economía, la triunfadora absoluta de este año ha sido la crisis, por lo que el hijodeputa se lo tendrán que repartir -preferentemente en el trullo- los banqueros, constructores, especuladores e inmobiliarias que se han forrado a costa de muchos (¿incautos?), a sabiendas de que estaban tangando a medio mundo y siendo conscientes de que la burbuja estallaría más pronto que tarde. Como apunté, es una lástima que estos energúmenos se vayan de rositas y sean otros los que paguen un pato que va a salir carísimo.
Por último, restan las concesiones de los hijosdeputa al deporte, a la literatura, a la moda, a la cooperación internacional y al colectivo, categorías resueltas con un simplón empate. Las opciones pasan por declarar desiertos los respectivos galardones o por celebrar una segunda vuelta electoral con la cual actualizar este articulillo.
Ustedes mismos. En serio. Lo que gusten, pero ya. Que nos vamos a la cena. Que ya huelo el cochinillo. Que Lucía me tira de la manga. Que faltan menos de tres horas para que el 2009 nos pille en bragas sin haber otorgado cinco rumbosos premios.
Y ustedes, supongo, desearán borrar de sus mentes la imagen de un servidor sorprendido en lencería fina.

Preparando los Hijosdeputa 2008

Ustedes estarán al tanto, y si no yo se lo recuerdo, de que nos hallamos en plena vorágine de galardones y repasos sobre lo más mejor del año, que para colmo no sólo ha sido bisiesto, sino al que además se le añadirá otro segundo de propina. Y eso, se comprende, depara muchos más acontecimientos que reseñar.
Pero este gélido final de año también conlleva la entrega de unos premios que consagran lo cutre, lo ruin y todo aquello que sea peor que invitar a un celíaco a panettone. Sí, hablo de los Hijosdeputa, que cumplen con ésta su cuarta edición y las que te rondaré, morena. Para algo están las tradiciones: total, si a algunos -y no quiero señalar a nadie, menos aún a Chimo- les da por tirar superempanadillas por un puente (y componer un mitiquísimo himno para el acto, y permitir que yo les diseñe el logotipo-mascota), ¿por qué no iba yo a institucionalizar el certamen con más solera de este blog tan zopenco?
Otrosí, si encima merodean por mi espacio feisbuquero sabrán que he tenido a bien crear un grupo donde proponer y debatir las candidaturas para estos premios. Ello responde a lo prometido hace un año y al clamoroso deseo que corroe a unos y a otros de mandar a Zutanito al carajo, con viento fresco de Levante y dándole de paso cinco duros para pipas.
Así pues, desde hoy mismo -y hasta fin de mes- les ofrezco la posibilidad de abrir no ya sus corazones, sino sus mismísimos hígados para expulsar la bilis sobre quienes crean merecer en Hijodeputa en los siguientes campos:

1.- TODA UNA CARRERA: no, no es la de Timo Glock en Brasil este año.
2.- POLÍTICA: sea de donde sea, pero sin meterse con Carla Bruni.
3.- DEPORTE: sin cebarse, que el Madrid ha ganado dos títulos este año.
4.- INFORMACIÓN/MEDIOS DE COMUNICACIÓN: incluida la revista de Física o Química.
5.- TELEVISIÓN: uno de los más disputados.
6.- MÚSICA: prohibido meterse con Leonardo Dantés.
7.- CINE: ¡piensen que a Jess Franco le van a dar un Goya!
8.- LITERATURA: no cuentan ni los hoygan ni los bengatíos, ¿eh?

Hasta aquí las categorías clásicas, ampliadas este año con las siguientes, para las cuales también se admiten sugerencias (lo estamos dando, lo estamos regalando y nos los quitan de las manos):

9.- MODA: sean marcas, modelos o diseñadores.
10.- ECONOMÍA: aquí seguro que no hay sorpresas.
11.- OTROS: por ejemplo, al peor colectivo, a la cooperación internacional o a la cena de empresa más desastrosa.

Saquen sus garras, queridos míos, y destripen a quienes gusten, que es gratis y yo se lo agradeceré eternamente. Y no olviden que en cinco días se celebrará la ceremonia de entrega: se ruega confirmen su asistencia y acudan vestidos con el chándal de los domingos.

Instinto, lotería, crisis y premios

De todos es sabido que el ser humano carece de instinto y es de una ingenuidad tontita, resistiéndose aún así al postulado darwinista de la selección natural: prueba de ello son los jinchos motorizados y bakalas que todavía pueblan nuestras ciudades y desafían las normas básicas de convivencia y seguridad vial, los mismos que un día recibirán divina justicia mediante un hilo de pesca vengador.
Como decía antes de divagar, somos incautillos por naturaleza. Año tras año desoímos los santos dogmas de la estadística y, con la excusa de la tradición, jugamos a la lotería navideña para no rascar ni un mísero reintegro (lástima, el 15.339 resultaba atractivo y prometedor). Todo con tal de salir de esta crisis donde más de uno y más de dos han querido que entrásemos.
De la crisis -presunta, relativa, supuesta, forzada, etcétera- no me apetece escribir mucho, la verdad. Ya nos encargamos ayer una amiga y yo de desentrañar las vergüenzas del sistema económico intergaláctico y la hipocresía imperante en diversas capas sociales. Que hay que ser muy lerdo para no darse cuenta del percal, de incontables chanchullos impunemente restregados contra nuestras narices y de cómo quieren unos cuantos metérnosla doblada: vale, no salvamos el mundo, no salimos de pobres, pero al menos pusimos ciertas cosas en su sitio.
En efecto, no salimos de pobres, pero mañana me embolsaré seiscientos euros con singular alegría. Ello es debido a que milagrosamente se me ha concedido el Premio de Investigación de La Serena por mi tesina, lo cual significa, sobre todo, que me la van a publicar sin que haya habido coacciones de por medio, ¡viva y bravo! Y como las desgracias historiográficas (?) nunca vienen solas y el destino apunta peor que un droide de combate, un día antes me habían otorgado el Premio de Grado de Salamanca en Historia gracias a la sobredicha tesina, por lo que estoy tan contento como Ramoncín en plena época de bodas.
Con todo, me veo dentro de un mes haciendo gala de mi proverbial torpeza en la ceremonia de entrega, tropezando hasta con los cordones de las sandalias y depositando parte de mi anatomía (ora mi coxis, ora mi lóbulo orejoide izquierdo) en el alfombrado suelo. Que me conozco como si me hubiera parido, vamos.

Alcanzando el Zenit

Le ruego perdón a quien esto leyere por tres motivos, a saber: la duplicidad de este artículo (publicado a su vez en el sonrosado Cinco-tres-dos), el retraso en su redacción y el sigilo mostrado al respecto por mi parte. Es comprensible temer que, de haber anunciado que iba al Bernabeu, este blog se habría colapsado con centenares o miles de comentarios –ya será menos, me autoapostillo– apiadándose de mí y murmurando que no sabía dónde me metía.
Ciertamente, ser merengón en la actualidad conlleva un grado de lástima que está a medio camino entre declararse fan de Locomía y estar enganchado a Michinoku. De hecho, no está el asunto para bromas, a tenor de lo comprobado en el antes y el después del encuentro. Pero el durante, desde luego, mereció mucho la pena.
Mi bagaje futbolístico en vivo y en directo se limitaba sólo a un anodino Extremadura-Eibar, saldado con un desangelado empate a cero. Por tanto, mis acompañantes (el inimitable Chimo y Aurelio, nuestro hombre en Madrid y augusto presidente becaril) dedujeron que presenciar un partido del Real Madrid contra el Zenit de San Petersburgo en el mismísimo templo pagano del Santiago Bernabeu sería la mejor experiencia de mi vida. Falso: todavía no he viajado a Baracaldo en metro ni han llevado a la gran pantalla las Páginas Amarillas de Albacete.
Aún así, la fugaz visita a la capital deparó un cúmulo de acontecimientos y tunantadas dignos de La ciudad no es para mí. Por vez primera fui a un Vips y a un Museo del Jamón; montamos una manifestación espontánea en la Puerta del Sol para protestar contra Espe; nos horrorizamos con Cortylandia y terminamos mezclando el "Somos balleneros" de Futurama con el himno de la Champions.
Otrosí, entre otros sucesos poco luctuosos, amagamos con vomitar en los vomitorios del estadio; deambulamos sin éxito por un medio desierto centro urbano antes de las doce para tomarnos un algo –qué daño hace Salamanca a nuestra concepción del ocio nocturno–; Aurelio no se abrazó a ninguna alubia gigante; Chimo casi intima con unos machotes rusos en el albergue y yo, en el piso de mis majérrimos anfitriones Mario e Ire, rezaba para que la enjutomojamutización de éstos no fuese más allá de la perturbadora foto de Michael Jackson con E.T. clavada en la pared.
¿El partido en sí? Pues tres a cero, golazo de Raúl incluido, lo cual llena de orgullo y satisfacción a un servidor de ustedes, uno de los últimos raulistas vivos.
Hala, ya lo dije. Y bien a gusto que me quedé.

Aquel día

Aquel día, pese a lo que dije, no fui a jugar a casa de un amigo.
Si un servidor puede escribir lo de arriba se debe a uno de los múltiples caprichos y/o putadas del destino (entre otros muchos que nos retrotraerían al Big Bang, al simpático Ardipithecus Ramidus y a nuestros nunca bien ponderados pulgares prensiles): Jacinto era huérfano.
Jacinto era mi abuelo materno. Jamás conoció a su padre, barquero del Guadiana cuando Villanueva aún no contaba con un puente sobre dicho río. Que asesinaran a su padre, sin embargo, quizás le salvó de una muerte segura.
Jacinto era huérfano de padre y esa desgracia le evitó ir al frente en la Guerra Civil como miembro de la llamada “Quinta del Biberón”. A cambio, hubo de buscar pronto el sustento económico para su familia, por lo que entró a trabajar en un horno de panadería. Allí conoció a mi abuela, a quien le regalaba –cuando podía– alguna pieza de pan, a pesar de los tiempos de penuria que corrían.
Se casaron en la posguerra y tuvieron cuatro hijos por los que se desvivieron y a los que trataron de darles todo cuanto estuviera en su mano. A menudo, ese todo era escaso y mi abuelo, como otros tantos, halló en la emigración un pequeño remedio para escapar del ahogo económico de un país hecho jirones.
Dejando a su mujer y a sus hijos en Villanueva, Jacinto se trasladó al oeste de Alemania. Allí, durante unos pocos y eternos meses, se empleó abnegadamente en una central lechera para ahorrar un mínimo de dinero que le permitiera regresar a España.
Ese dinero, junto con el ganado por mi abuela (quien, además de criar a sus hijos, también trabajaba), sirvió para comprar un lote de tierras bautizado como “La Viña”, capaz de asegurarles una vida en paz, fruto del esfuerzo y de la honradez.
Jacinto vio nacer a sus nueve nietos, aunque no a todos les vio crecer tanto como hubiese deseado. A él, fuerte como un toro, un cáncer, un maldito cáncer logró irle consumiendo el aliento.
Todavía conservo la última carta que le envié al hospital. Todavía conservo el último regalo que me hizo, el mismo reloj que llevé hasta el año pasado. Todavía conservo el recuerdo de un hombre bueno, cariñoso, de un amigo que se marchó demasiado pronto y del que no pude despedirme como era debido, tal vez porque él no quería que me llevara una última impresión de muerte y no de la vida que siempre transmitió.
Aquel día no fui a jugar a casa de un amigo, sino a buscar su tan temida esquela. Una hora más tarde se cumplieron mis peores sueños, los mismos que mantengo hoy, justo quince años después.
Agüelo, te quiero. Lo sabes, estés donde estés.

Un servidor en la mesa redonda

He de confesar –y no suelo hacerlo en casos como éste– que no estoy ahora mismo dando palmitas respecto a ciertos aspectos universitarios. Tampoco debería dar demasiados datos (ni siquiera conozco mi talla de corsé, por ejemplo), pero sí necesito echar algunas pestes para aclararme y engrosar la lista de milongas de este blog: era o esto o rajar de una Constitución que ahora llega virgen a la treintena y que, más que nunca, pide a gritos que la metan mano. Sólo un poquito, por favor.
Pues eso, que en esta semana que se extingue me han puesto la cabeza como un balón de Nivea, y eso que al principio parecía estar en un anuncio de compresas. Yo estaba requeteencantadérrimo de la vida con la ayuda a la vivienda que el tito Zetapé nos ha concedido graciosamente; a ello, además, le sumaba mi rumbosa suficiencia investigadora, mi diploma de estudios avanzados y la firma del nuevo contrato de la beca, que cualquiera es feliz cual perdiz si le sueltan más panoja (entiéndase “panoja” en el sentido chanante de la palabra, no crean que me pagan con maíz). Pero todo se tuerce, como venía a decirnos Pelé al publicitar cierto producto.
De entrada, en cierta asociación presuntamente seria y reivindicativa se convirtieron en unos chapuzas de primera categoría. No voy a meterme en harina, aunque sí admito que me pillé un cabreo-sinfonier (esto es, de tres pares de cajones) y me quedé sin ponencia ni su consiguiente artículo. Viva y bravo.
Por otro lado, se me comunicó que, como sufrido miembro que fui de la subcomisión encargada de redactar el nuevo Grado en Historia, estaba invitado a participar en una mesa redonda informativa para los alumnos de esta mi entrañable facultad. No me parecía mal, la verdad, siempre y cuando el mueble redondo fuese la citada mesa y no la cama, pero por otro lado me temía lo que vino a continuación.
¿Qué vino, se preguntarán ustedes? Ahora no detallaré los modelos de organización sindical y estudiantil imperantes en este querido centro mío, pero lo resumiré así: CEA contra todos y contra todo, sin voluntad de entendimiento ni disposición al diálogo. Sólo faltó que acusaran a la subcomisión -qué culpa tendremos, córcholis- de haber querido dejar morir a Gandhi por no haberle llevado un Big Mac a tiempo.
Así que, si me lo permiten, blasfemaré lo justo. Maldito sea el proceso de Bolonia, malditas sean algunas agrupaciones y maldito sea quien pensó que Jesulín tenía futuro en el mundo de la música.

Análisis desapasionado de una final apasionante:

Juego, set y partido

Antié -cómo me gusta esta palabra, vive Alá- dejé a medias mi particular y diferido resumen de la final de la Copa Davis. Hoy proseguiré con el mismo, siempre y cuando a Esperanza Aguirre no le dé por incoar su propio expediente de canonización en vida, que ella es tan asín (sin cursiva, ojo, que la RAE lo acepta) que lo mismo vende su alma al diablo para arañar votos como te privatiza el servicio de atención a las víctimas de violaciones.
En fin, volvamos a la Davis. El primer partido fue simplemente desastroso. Ferrer se opuso a Nalbandián –¿el hermano separado de Pocholo al nacer?– del mismo modo que se enfrenta una barra de mantequilla a una apisonadora. Chof. Las perspectivas de futuro eran aún peores: daba auténtico pánico pensar en que España debía encomendarse a Feliciano y al dobles para remontar, más aún cuando Feliciano perdió el primer set de su partido frente a Del Potro y no era capaz de romperle el servicio al argentino.
Defendiendo cada uno su saque, pese a todo, la segunda manga y la tercera se resolvieron gracias a la muerte súbita, ambas a favor de Feliciano. El panorama se aclaró cuando a Del Potro comenzó a fallarle esa maquinaria cejijunta de dos metros de alto. Entre el pasmo de la célebre barra quilombera y sulfurada, Feliciano se llevó el cuarto set y arregló el desaguisado inicial. Algo era algo, desde luego, y el dobles no saldría a la pista con el pañal.
Quizás susodicho pañal hubiese sido de ayuda, sin embargo. Para no defraudar a los amantes del estereotipo, la afición empezó a comportarse tal y como se esperaba de ella. Nalbandián y Calleri ganaron el primer set; mientras tanto, Feliciano y Verdasco capeaban el temporal de la grada. De nuevo se le apareció a España la virgen en forma de tie break, culminando a continuación la remontada para llevarse el punto de dobles ante la desesperación de un respetable poco respetable (valga la redundancia) y el cabreo instalado en el seno de la delegación argentina.
El cuarto partido se dirimió entre sustitutos. Un sensato Ferrer cedió su puesto a Verdasco, repleto de ánimo, y el renqueante Del Potro dejó pasó a Acasuso, un tenista aseado de potente derecha y de un revés tan caritativo que parece una ONG andante. Aún así, Verdasco se vio un set abajo al inicio de la cuarta manga, en la cual por fin sacó a relucir su mejor juego y cargó sin misericordia contra el revés del argentino, quien también sufría molestias musculares. Verdasco ganó el cuarto set, mientras que el quinto fue un paseo militar semejante al de Francia si quisiera invadir Mónaco (es más, no sé a qué esperan los gabachos).
A la tercera bola de partido fue la vencida. Tras lanzar un certero passing, Verdasco se tiró al suelo –¿literalmente?–; sus compañeros tardaron unos segundos en festejarlo con él, tal vez debido al inesperado desarrollo de la final. Se antojaba irreal, pero sí, España había conquistado una histórica Davis.
¿Histórica?, ¿por qué? Por dos razones básicas: tras tres derrotas a domicilio frente a Australia, era la primera obtenida fuera de España, en una superficie teóricamente adversa y ante un rival que llevaba catorce rondas imbatido en casa; además, se trata de una victoria moral, lograda sin la participación de Nadal, el mejor tenista español (de todos los tiempos foreva aneva, diría yo), demostrando que hay vida más allá del manacorí.
Con todo, una sensación prevalece sobre el resto: el gustazo de haberles callado la boca a ciertos energúmenos que, por una mera cuestión de decoro, no deberíamos señalar.