¿Para qué sirve una agenda?

Actualización aclaratoria:
Gente, sé que muchos de vosotros entráis en aquestos pagos preguntándoos para qué sirve una agenda. Muchos ni siquiera os quedáis por el blog para ver de qué va. Nada de nada. Así que me concedo el honor de daros la bienvenida y de explicaros que no sé para qué sirve una agenda. Esto es, que estoy tan perdido como vosotros, pero que encima, cuando lo busco en Gúguel, descubro que me envía a este mismo artículo, adentrándome en un círculo más vicioso que las noches de Lucía Lapiedra. Me compadezco y os compadezco. Y os dejo a continuación con el artículo en sí.

Premisa primera: los padres de Lucía me han regalado una agenda, y de las completitas además, no faltándole ni días ni esos apartados tontorrones a los que nadie presta atención. Premisa segunda: soy de los que no usa agenda porque necesitaría otra ídem para acordarme de que tengo que consultar la primera cada jornada, pues ahí reside la gracia de las agendas. Conclusión: los padres de Lucía me ven como un despiste con patas, esto es, comienzan a conocerme.
Dado esto, he de colegir que, de entrada, mi prioridad es asimilar que poseo una agenda, para así no olvidarme de ella y evitar tirar el dinero que les haya costado (esas cosas, siendo un regalo, ni se preguntan ni se imaginan). Una vez que haya asumido lo anterior, debería determinar el uso que le será concedido a esta agenda flamantemente estrenada; por el momento es donde escribo estas líneas, tumbado en la cama y en presencia de una inquietantísima muñeca diabólica vestida de charra. Y es que, siendo sincero, no creo que este objeto llegue a cumplir con eficacia la función para la que fue diseñado.
¿Por qué? Porque, si mi latín no se ha oxidado del todo, “agenda” procede de “agere”, “guiar, conducir, forzar”, en román paladino. Para qué lo voy a negar, no me complace la perspectiva de que un sándwich de hojas encuadernadas me ordene qué he de hacer día a día. Así que le tendré que dar otra utilización más acorde al acerbo de mis defectos y virtudes, y no, esa utilización no será echarla al fuego, por mucho frío que esté pasando en Ciudad Rodrigo (también conocida como “la Novosibirsk farinata”).
Lo más sensato, pienso, será hacer de estos papeles una colección de anotaciones y citas, en absoluto un diario, que probablemente vaya colgando en el blog... siempre y cuando no requiera de otra agenda para recordarlo, que me conozco, que soy muy mío.

3 respuestas (¡y eso que son gratis!):

Anónimo dijo...

Pongamos las cosas claras y el chocolate espeso:
Punto 1. Fui yo, lo admito, quien aconsejÓ a mis padres comprarte la bendita agenda porque (no nos engañemos), ¿qué regalo puedes esperar de los padres de tu novia?
Punto 2. Fuiste tú (y te lo agradezco) quien empezó la costumbre regalándome una agenda el año pasado.
Punto 3. Yo soy despistada (mea culpa, lo admito), pero tú eres el despiste con patas de esta relación (pensé que lo sabías, pero sin acritud, eh?). Así que, ¿realmente necesitas que te explique porque necesitas una agenda?

Y ahora, me dirijo a los lectores del blog: Bien, mi novio (para los que no los sepan, el autor de este despropósito) insinúa constantemente que no me molesto en leer esta "página wes". Mi respuesta: te tengo muy visto!! (sin acritud, que conste).

BESOS A TODOS!!

Anónimo dijo...

hijos de la tal por cual

Fer dijo...

Debería haber respondido hace tres años, pero me pongo ahora:

a) Lucía, creo que tú eres más despistada que yo, si no me equivoco (cuestión lógica, por otro lado, debida a mi caraja habitual). Y la agenda te la regalé porque era de Monet, no porque creyera que necesitases una agenda;

b) Anónimo, a cagar a la vía.

Dicho queda.

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